Un garabato
Observas con cuidado el incierto recorrido del grillo que sabe, no entiendes cómo, que no hay meta más allá de los límites borrosos de la tarde y que no existe puerto a buen resguardo que lo proteja de la tormenta desatada en la taza, o de las garras inclementes de los gatos.
Miras los puntos luminosos en el techo y de pronto te distrae una marcha de tortugas que confunden el mar con una caja de galletas y terminan sus días en la increíble profundidad de las migajas.
Tomas después un lápiz y recorres con su punta los muros, las ventanas y el mosaico, trazas una línea insegura con la intención de salir de un laberinto, pero no puedes: el demonio te cierra la salida.
Hay un velero atorado en la dársena del patio, ahí donde dibuja el polvo sus playas caprichosas y vuelan gaviotas extraviadas sobre la evidente humedad de los tinacos.
Todo esto pasa mientras deturpas el paisaje con tu errático lápiz y transformas la realidad en garabato.