Hace algunos días terminé de leer El desapego es una manera de querernos, de la escritora argentina Selva Almada, y no pude evitar apreciar, más allá de la belleza y humor en su prosa, la cualidad constante de escribir sobre el ahora, lo cotidiano, lo que nos rodea. Ese sentimiento de endulzar (llaman algunos romantizar) la vida misma, por más precaria, desabrida, incongruente o simple que pueda llegar a ser.
Ya nadie escribe sobre el prepararle el café a quienes amamos, la simple alquimia de elegir bien las porciones; taza pequeña, mediana o grande dependiendo de la hora del día, endulzante en grano o toques de canela, mezclar y andar hacia arriba los escalones mientras el gato se cuela entre tus pies a cada paso para finalmente entregarlo.
Para mí es un ritual que da inicio a mis días, antes de prepararme para leer algo, revisar mis correos, borrar los viejos, planear las horas siguientes o simplemente tirarme al sillón a ver series cuyos diálogos ya me sé, necesito preparar el café. Y no es por mí, de eso estoy seguro, a mí ni me gusta tanto. Es una conducta aprendida, lo vi en casa por años, no puedo dejarlo pasar.
En el libro, también se habla de una familia en la que siempre están pasando cosas, y cómo estas afectan de tal o cual manera el desenvolvimiento de los integrantes. Yo soy el hijo menor de una familia de cinco. En alguna ocasión, en terapia, salió a colación el tema de que por grandes lapsos de mi infancia, me tocó estar solo en casa, no es queja ni mucho menos, estoy casi seguro que gran parte de mis pasatiempos actuales los adquirí en ese momento, pero por años creí que yo no le agradaba a mis papás ni a mis hermanos. No encajaba. Todos hacían cosas, yo era un niño que quería cantar, ser chef, escribir películas y jugar futbol.
Años más tarde, nada fue muy diferente, salvo que por las noches, todos estábamos reunidos en la cocina esperando que hirviera el café. Por fin encontré el lugar donde podían empezar a verme, en el banco azul pequeñito. Todos bebían, yo también, con leche y con mucha azúcar, porque a mí ni me gusta tanto.
ADONAI URESTI