uando éramos niños, ¿se acuerdan?, jugábamos en la calle hasta que el sol se ocultaba pateando el balón contra una reja, parando cada vez que se acercaba un auto y hacíamos el mayor esfuerzo para que Beto no llorara, ahí automáticamente se acababa el juego. Mi abuela salía con la fuerza de antes, que no es la misma de ahora, aunque casi, y nos invitaba a entrar mientras lo consolaba. Nos preparaba la cena, agua de limón y gelatina de café. Entonces veíamos caricaturas o sacábamos algún juego de mesa, yo nunca entendía las reglas aunque algunas veces gané. Después, cuando mamá llegaba, era hora de despedirnos. A mí no me gustaba irme, siempre quería volver a jugar, aunque sea un ratito más.
No sé si ustedes, pero yo no me acuerdo cuándo dejamos de hacerlo. Si fue cuando Tavo voló el último balón, si fue cuando Iván entró a la prepa, si fue cuando Axel fue papá o si fue cuando a mí me habitó la tristeza. Yo no quería crecer, pero tuve que hacerlo. Hoy me parece normal, así funciona para todos. Pero en esos días no había nada más en mi cabeza que el deseo de volver a ser quien fui. Y es por eso, quiero pensar, que escribo, para no olvidarme de aquello que nos construye, de todo lo que un día nos unió, o nos dolió.
Decía Paul Auster que los escritores somos seres heridos, que por eso creamos otra realidad. Yo, en cambio, prefiero creer que no puede existir otra realidad sin antes mirar al “Yo”, quién soy sino este que escribe desde la angustia de crecer en un cuerpo que le va quedando grande a sus emociones. Para qué quiero crear universos donde no hay hombres en los cuales pueda reconocerme, encontrarme, darme la mano, darme la espalda.
Lo que sí recuerdo, admito, es cada nombre, cada rostro y cada gesto de quien me hizo ser yo. Este hombre con miedo al futuro, quien teme llamar a su madre y algún día no recordar su voz, este niño con bigote de leche con chocolate que sigue sin entender las reglas del juego.
IG: Adonai Uresti
Tiktok: Adonai.Uresti