¿Qué nos querrá decir mi padre cuando golpea con los dientes y los muros de la casa retiemblan de miedo?
Su abuelo, por menos, hubiera ajustado con cuero los pliegues de mi espalda, nos dice.
A papá le cuesta sonreír cuando se trata de hacerlo.
A papá le cuesta platicar cuando en sus manos no encuentra el trago que da calambres a la voz.
Pero mi padre llora cuando recuerda a su madre.
Lo he visto nadar en la furia mientras roza con el torso de la mano una fotografía gris.
Mi padre está roto desde sus veinticinco, no entiende que a veces la vida es castigo y la muerte regalo.
No lo justifico, lo entiendo y reclamo.
Que no sienta culpa por haberme hecho un hombre que desde la infancia le teme al abrazo.
Que si yo estoy roto es por querer unir los pedazos que faltan para hacerlo un ‘todo’.
Mi padre está roto y yo, por añadidura, no soy el ungüento que puede curar su tristeza aprendida.
ADONAI URESTI