NÓMADAS

Una vez más los sinnombre son quienes deben huir con estallidos de fondo. Los hombres se podan las barbas y ellas se cubren los ojos pues no hay otra cosa más que ocultar tras esas rígidas telas, todos buscan ocultarse.

El bullicio de la gente andando con prisa y los lloridos de niños que no entienden por qué corren, que no encuentran la mano de su padre, que no saben por qué Dios les niega la mirada.

No es la primera vez que la tierra es arrebatada de sus habitantes. Antes, no hace mucho tiempo, las amenazas e inclemencias del clima exhortaban al mundo a caminar de prisa y buscar refugio. Un albergue temporal con cobijas rancias y latas de sopa insípida. El abrazo amigo de la fuerza civil y la humanidad unida compartiendo víveres.

Algo, sin embargo, se fracturó en la esfera y los motivos ahora son de diversa índole. La persecución se ha vuelto costumbre, no se espanten si les dicen que una diáspora viene en camino. Tomen precauciones y caminen con cuidado, las minas pueden estar sembradas hasta debajo de sus casas.

El hilo conductor del mundo se ha vuelto el odio; luego vendrán los cabezas duras a decir que los azotes vienen del amor.

Habríamos de mudarnos todos, ser nómadas que están de paso y sentirnos incómodos en nuestro propio país, para no volver nunca a ser despreciados por los colores de nuestra piel, por nuestras formas de amar, por el acento de nuestras voces. 

O mudarnos, si es posible, al mundo de los muertos donde no hay más intereses que el descanso eterno y donde nadie quiere volver nunca más, al mundo de los vivos.

ADONAI URESTI