Para ese entonces, ya no eran solo diez, sino más de veinte familias las que sufrían los padecimientos: ensanchamiento de la glotis, dolores estomacales, tos sanguinolenta y aroma triste.
Los oficiales de cuadrilla tardaron en llegar dos semanas y poco, nunca habían escuchado algo similar y no existía un protocolo entonces que permitiera seguirle el rastro a la infección que azotó las colonias Segunda y Tercera en el barrio de El Santillán.
Buscaron en la orina, en las heces, en saliva, dentro de la mugre que se hace entre las uñas, en las encías y hasta en el pelo. Lo mismo, todos compartían síntomas y un olor a triste que iba en aumento y comenzaba a parecerse al de la desolación. Las primeras víctimas eran niños.
Existían teorías de que algún desayuno escolar podría haber estado en mal estado y de ahí se regó a las casas y de las casas a las esquinas del barrio y del barrio a los patios deportivos y de los patios deportivos de nuevo a la escuela y de la escuela a las casas. Lo cierto es que cada vez eran más los casos.
Comenzaron las primeras entrevistas, mercados locales, puestos de comida ambulante, restaurantes de bajo y alto nivel, todo con el fin de encontrar algún indicio del porqué de la situación. De aquí para allá se podía ver a los uniformados sudorosos y cansados del andar por el barrio. Podemos revisar su cocina. Claro que sí. Todo en orden. Nos llevaremos una prueba para laboratorio. Muchas gracias. No se moleste, estamos bien. Cuídense. De nada, gracias a ustedes. Hasta pronto.
Aunque algunos se negaban y solo asomaban la cara entre la puerta corrediza para decir que estaban ocupados, que volvieran luego, que eran cristianos, quién sabe qué cosas más oirían aquellos días los oficiales cansados.
Pero qué se van a dar cuenta, mujer. Si ni parece, sabe igual y hasta se pone del mismo color. Nombre, tú te estás haciendo ideas en la cabeza, el Tony me la dejó bien barata y nos dará abasto un buen tiempecito, Dios mediante.
No fue, sino bien entrado el primer mes desde el primer caso, que el olor a triste apuntaba a un solo lugar. Los oficiales organizaron operativos para acercarse de a poco, querían evitar alguna infección y no sabían cómo atacarlo ni cómo protegerse.
Así, cabeza cubierta, ojos, nariz y boca, guantes en las manos y miedo en el pecho, fueron acercándose al que todos decían era el origen de las infecciones.
Al derribar la puerta, se toparon con un hombre desnudo de la parte de arriba, pantalones cortos y chanclas, los miró atónito y no supo qué decir. Se lo pensó dos veces y soltó un Buenas tardes.
Una mujer estaba a unos metros de él y al verlos parados en su puerta no pudo contener el llanto y comenzó a pedir perdón por algo de lo que no habían sido inculpados todavía.
Los oficiales cansados, con miedo en el pecho, cabeza cubierta, ojos, nariz y boca y un aroma triste impregnado ahora en sus uniformes, decomisaron cuarenta y dos hieleras con Nuggets caseros realizados a partir de dedos, ojos, lenguas, y muslos humanos, que antes pertenecieron al Tony, quien se las dejó barata y les prometió darles abasto por un buen tiempecito.
@Adonai.Uresti