SOBRE LA MESA A mi familia

Alrededor de la mesa se reúnen siete cabezas barbilampiñas y la única hermana de la familia. La tensión se desborda y se puede notar por sus frentes que comienzan a derramar sudor. Nadie pronuncia palabra.

Las miradas de cuñadas y cuñado se mantienen abajo, los sobrinos solo ignoran mientras esperan que alguien diga algo. La abuela, que encabeza la mesa, ya ni siquiera muestra interés en participar de aquello, sabe cómo son. Nadie toma la batuta, esto no pasaría de estar vivo el abuelo.

La última vez no fue diferente, volaron pañuelos al aire. Después de la cena, las bromas frecuentes esta vez pasaron desapercibidas. Ni los chillidos de los niños los hicieron detenerse. La familia estaba rota. Yo pensaría eso si no los conociera desde siempre.

En otros tiempos, cuando los sobrinos no superábamos la cantidad de siete, éramos presas gozosas de apapachos y regalos. Cualquier oportunidad era precisa para ser premiados, fuimos afortunados, ni pensar en austeridad.

¿De qué tamaño era el conflicto aquel como para quebrar la hermandad sanguínea? Todos, de la manera más entrometida, si ustedes quieren, empezamos a lanzar opiniones. Los lugares favoritos, los más accesibles, los mejores, etcétera. Cualquier cosa era mejor que nada.

-Ponte en mis zapatos, hago lo que puedo.

-Tú decide, mamá.

-A mí no me metan. Yo estoy enferma.

-Mejor dejémoslo así, no vamos a llegar a nada, es 

muy caro.

Silencio de nuevo. Las miradas iban de un lado a otro. En el fondo, y lo sé por el brillo de todos esos ojos, existía una verdadera preocupación, interés, deseo, pero faltaba disposición. El más elocuente de ellos puso el primer billete sobre la mesa. Las ilusiones de todos resurgían. Tras él, dos más abrieron sus carteras y contribuyeron de forma atrevida a la causa. 

Uno se siguió al otro. Solamente el más grande de ellos no accedió, no importaba, la cuota estaba completa. La sonrisa con ausencias de la abuela apareció. Volvió la calma. Todo aquello, aunque pareciera increíble, era el ritual necesario y obligado de cada domingo cuando aquellos ocho hermanos sugerían la idea de cooperarse para ir a comprar el pan después de la cena.

adonai uresti