Nací en un hogar roto con las rodillas pegadas al suelo.
Germen de trigo que abrió los ojos con la entrada del verano.
De los retratos colgados con clavos torcidos emergen, a penas, figuras sonrientes que ignoran mi rostro.
Viví con los labios atados y lágrimas secas.
Quién no fue de niño un pequeño bastardo que no entiende nada ni cómo ni dónde ni cuál es su espacio en la mesa redonda.
Morí siendo dueño de todas las cosas que nunca escribí ni soñé ni siquiera, por gracia de Dios, procuré fabular.
ADONAI URESTI