PURO CUENTO

NARRAR LA GRIETA

A mamá le duelen los huesos desde que supo que no estamos hechos de barro. La observo desde la silla del comedor mientras sirve el pollo y arroz para Lucas y Luna, cada domingo es igual. Voy a casa de mis padres solamente los domingos como un ritual al que cada vez le quedan menos turnos. No acudo entre semana para no alterar el curso natural de las cosas, así sus vidas continúan mientras les cuento lo que le pasa a mis días, solo las cosas buenas para no preocuparlos, aunque lo harán de todas formas.

A mamá le detectaron hace algunos años una enfermedad autoinmune que le provoca un dolor intenso y cansancio en exceso. Los primeros diagnósticos dijeron Lupus, pero después confirmaron que se trataba de Fibromialgia. A partir de entonces la casa en la que crecimos sufrió algunos quiebres y los cimientos tuvieron daños estructurales. Su cuerpo se convirtió en una jaula de cristal en la que un solo ruido podría fisurar su contorno.

A mamá le duele que su madre detenga el ritmo de vida porque los años pesan, los músculos se atrofian y las marcas en la piel hace un buen tiempo que son constantes. A mí me duele, por ejemplo, haber crecido en una casa en la que mi rol nunca estuvo marcado. 

Deambulé de un lado a otro buscando lograr encajar en los gustos de mis padres, la aprobación de mis hermanos, el aplauso de unos pocos amigos y, al final, mis propios deseos. 

Pero vuelvo a mi madre. Es curioso cómo cada ciertas líneas tengo que salirme del tema para evitar momentáneamente el dolor que provoca saber sus dolores. Yo no soy de piedra, solía decir, pero nunca la he visto quejarse, maldecir su vida y su suerte, ¿por qué a mí que me cuido tanto?, acepta cada nuevo tratamiento a rajatabla con la fe que solo una madre tiene. 

Esa fe que también depositó en nosotros sus hijos, que tampoco somos de piedra pero sí nos quejamos, sí maldecimos y sí preguntamos ¿por qué a ella que se cuida tanto?

Pocas veces escuchamos al enfermo describir sus dolores, podemos encontrar los síntomas en libros médicos, blogs de internet o directamente de la voz del especialista. ¿Qué sabe él del dolor de mi madre por las mañanas? A él no le retumban los nervios de manera imprevista en la fila del super. Tampoco le tiemblan las manos al intentar picar las verduras para el caldo.

Mi madre no avisa que el dolor va llegando en cualquier día de fiesta, se aleja a tomar un respiro y hace como si nada pasara. A ella le duele la preocupación que su dolor nos provoca. Por eso calla, porque mi hermano está lejos y para qué preocuparlo, porque mi diagnóstico mostró tristeza aguda y podría hacerme volver a las pastillas que cierran la llave del llanto. Para qué, se pregunta. Se traga el dolor y así pasan los días. 

Mamá está encerrada en una jaula de vidrio y tiene que andar de puntillas por la casa, no vaya a ser que sus pasos provoquen el estallido de sus huesos, no vaya a ser que su caída provoque nuestra propia fractura.

IG: Adonai Uresti