PURO CUENTO

HOYUELOS

Tuvieron que pasar más de veinticinco años para que en mi rostro apareciera barba, si es que se le puede llamar así al montículo de bellos que brota de mi piel. A partir de ahí, cada que me acuerdo la recorto un poco y paso el rastrillo por mis mejillas que con el tiempo se han vuelto ásperas.

Algo que noté en los últimos meses, es que los hoyuelos que desde la infancia detesté estaban desapareciendo. O al menos se estaban transformando. Ya no son más un pocillo, sino que ahora tienen la forma de una franja vertical.

Si miro hacia atrás, fue en la secundaria cuando una muchacha de piel blanca me dijo que le gustaban mis hoyuelos. Mágicamente ahí dejaron de parecerme tan desagradables. Meses después la chica se dio de baja y la inseguridad volvió.

Uno de los mejores recuerdos de mi vida se remonta a la infancia. Ahora son solo imágenes un tanto borrosas, pero al escarbar en ellas la sensación es la misma, me reconfortan, me dan seguridad y siempre me dibujan una sonrisa en el rostro. Mamá yendo por mí a la hora de la salida del jardín de niños. No es un recuerdo vivo, porque no puedo imaginarlo como una secuencia de sucesos, sin embargo, hay un aroma que siempre mantengo fresco, el de la comida recién hecha en cuanto llegábamos a casa.

No sé qué pasará antes, si volverán a su estado original, si las líneas de expresión serán tantas que harán que pasen desapercibidos o si mi madre volverá a estrujar mis cachetes. Pero algo es seguro, no puedes cubrir lo que te une al pasado. Quizá irán desapareciendo como ese recuerdo al que cada vez le faltan más detalles, la memoria se pierde, pero las marcas siguen creciendo.

Lo sé cuando veo las manos de mi madre, el cabello de mi padre, los ojos de mi abuela y los productos dermatológicos caducándose en mi mesita de noche.

IG: Adonai Uresti