Algo hay de ternura en lo que uno guarda cuando se va. Comúnmente te dejas en casa lo que no cabe, lo que no suma, lo que no importa. Es verdad que una persona cualquiera no va por ahí acumulando valijas, deshojando memorias o alborotando el deseo de cruzar los límites que te anclan al hogar. Guardas en dos o tres cubos plásticos el resto de la vida que te queda por vivir. Es decir, muy poca gente, los sobrados de agallas, se va de un lado a otro con ropa de invierno, abrigos, sombreros, guantes y al mismo tiempo el bronceador que dará color a la piel quebrada desde la infancia.
Hay algo tierno, les decía, en quien se marcha sin querer volver. ¿Cómo es posible?, yo no me explico, la sola idea de abandonarse a la soledad. Echa raíces, aconsejo siempre, eso no sirve. Me explican: para qué quieres echar raíces que te encarcelen a un solo sitio, sé vagabundo, nómada, extranjero, migrante, pártete en dos, o tres partes y deja una en cada sitio donde te acuestes.
Supongo, claro, es mi opinión, que lo que dicen es que haga espacio en cada cuarto para no abandonarme a la idea de que mi lugar es acá, o en la casa de mis padres que me esperan siempre con una sonrisa y un plato caliente y perros meneando sus colas y amigos y hermanos y primos dispuestos a soltar un poco de sus valijas personales y darme hospedaje dentro de ellos.
¿Cómo se logra entrar en un espacio tan pequeño y cálido en el que estás tan a gusto todo el tiempo? Ya lo entiendo, quien se marcha se va para volver. Quien no vuelve ya se ha puesto en marcha. No es cobardía, o fracaso, perseguir el sueño que no se cumple parece una pérdida de tiempo ¿no? Nunca se pierde cuando te encuentras a ti mismo, mientras buscabas tu complemento en alguien más.
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