Pbro. Lic. Salvador González Vásquez
Más allá del deber, está la necesidad. Y al hablar de los deberes, nos referimos a las necesidades.
Hay que revisar que es lo que estamos necesitando; para así preguntarnos: si estamos amando a quien debemos, y si amamos al que necesitamos.
Nos podríamos ahorrar muchas penas, si amaramos a quien debemos. Pero tal parece, que el hombre no sabe amar; y acaba por amar a la persona equivocada.
Y como dijo Shakespeare: hay “Penas por amor pérdidas”. Y ésto, nos hace pensar en el dolor, que hemos desperdiciado por el amor; ya que por amar, nunca nos fijamos a quien estábamos amando.
Y todo, porque hemos descuidado el corazón, y lo llevamos hacia donde no debemos.
CORAZÓN
Se nos ha olvidado, que el corazón es muy delicado, que ocupa cuidados. Ya que éste, siempre está sujeto a la traición.
Ya lo dijo el profeta: “El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?”. ( Jer. 17,9).
Y al no atender al corazón, éste nos puede llevar por otro camino. Por eso, es necesario saber amar; y ya que no sabemos, el Señor nos dice cómo se debe de amar.
Hoy, le preguntan a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús le respondió: Amarás al Señor; tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos”. (Mt.22).
DIOS
Si el corazón estuviera habitado por Dios, nos ahorraríamos muchas penas. Y amar a Dios con toda tu mente, nos hace inteligir, que nuestros pensamientos necesitan llenarse de Dios; para así, tener una vida saludable.
Hay tres personas a las que nunca debemos dejar de amar: a Dios, al otro, y a nosotros mismos.
Pero de estos tres amores, el más importante es el amor a Dios; y el amor al prójimo, y a uno mismo, están al mismo nivel.
El amor se ha vuelto un deber, porque nos faltan fuerzas para amar. Y la razón del mandato de Dios, es para que seamos dichosos.
SER FELIZ
Porque si amas, y eres amado, serás feliz. Y el único que nos manda ser felices, es Dios.
Sigamos pues, las reglas del amor; porque al cumplir con el mandato divino, estaremos salvando la vida.