La publicación del libro “Sin saberes feministas no hay derechos humanos” propone una discusión incómoda pero necesaria: cuestionar el derecho y los derechos humanos desde las experiencias de las mujeres que han enfrentado la violencia institucional, la criminalización y la impunidad.
La presentación del libro se realizó en las instalaciones de la Defensoría de Derechos Universitarios de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
Uno de los principales planteamientos de la obra es que el sistema de justicia no puede entenderse como un espacio neutral. A lo largo de sus capítulos, las autoras muestran cómo el derecho ha sido históricamente configurado desde una lógica patriarcal, colonial y punitivista que deja fuera otras formas de comprender el daño, la reparación y la responsabilidad. En este marco, el castigo penal aparece como una respuesta limitada, incapaz de atender las causas estructurales de la violencia que viven las mujeres.
El libro pone especial atención en las consecuencias del punitivismo sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres. Desde la criminalización de mujeres vinculadas afectivamente con hombres involucrados en delitos, hasta el impacto del encarcelamiento en las familias, los textos revelan cómo la prisión reproduce desigualdades y profundiza la precariedad social. La justicia, plantean las autoras, no puede medirse únicamente en sentencias o condenas, sino en la posibilidad real de reconstruir la vida.
Otro eje central es la producción de conocimiento desde la experiencia. Sin saberes feministas cuestiona la jerarquía que separa la teoría académica de los saberes construidos en la militancia, el acompañamiento y la búsqueda de justicia. Las voces de madres de víctimas de feminicidio y de mujeres organizadas muestran cómo la exigencia de derechos ha surgido, muchas veces, ante la omisión del Estado, obligando a las familias a convertirse en defensoras, investigadoras y gestoras de memoria.
En este sentido, el libro recupera procesos colectivos que han dado lugar a acciones concretas, como la creación del memorial a Karla Pontigo y la exigencia de fiscalías especializadas. Estas prácticas son leídas no solo como actos simbólicos, sino como formas de justicia que disputan el monopolio institucional sobre la verdad y la reparación. La memoria aparece así como una herramienta política frente al olvido y la simulación.
La obra plantea un desafío a la academia y a las instituciones jurídicas: reconocer que los saberes feministas no son complementarios ni marginales, sino fundamentales para entender las fallas estructurales del sistema de justicia.
Al colocar en el centro las experiencias de mujeres afectadas por la violencia y la criminalización, el libro abre la posibilidad de pensar alternativas que no se limiten al castigo, sino que apunten a transformaciones reales.