TALLAR LA FE EN MADERA

AGUSTÍN HERNÁNDEZ Y LA CONSTRUCCIÓN DE IMÁGENES PARA LA SEMANA SANTA

En San Luis Potosí, la Procesión del Silencio es una de las manifestaciones más representativas de la Semana Santa, no solo por su carácter solemne, sino por la compleja red de oficios que la hacen posible. Entre ellos, destaca el trabajo de quienes dan forma a las imágenes que recorren las calles en silencio, cargadas con devoción.

Agustín Hernández forma parte de ese entramado desde su labor en el taller. Escultor de tradición familiar, su trabajo ha dado forma a más de una veintena de imágenes que participan en la procesión, muchas de ellas integradas ya al imaginario colectivo de la ciudad.

UN OFICIO HEREDADO

La historia de Hernández con la escultura no comienza con él. Pertenece a una línea de seis generaciones dedicadas al mismo oficio, aprendido de su padre y transmitido a lo largo del tiempo como una práctica viva.

Su incursión en las imágenes de la procesión comenzó con la elaboración de una Virgen Dolorosa para la cofradía Guadalupana. A partir de ahí, su trabajo se extendió a distintas cofradías, acumulando piezas que hoy forman parte del recorrido anual. “Ya son más de veinte, casi treinta”, menciona, al hacer un recuento aproximado de su producción.

ESCULPIR PARA EL CULTO

A diferencia de otras formas de escultura, las piezas que realiza Hernández están destinadas a un uso específico: el culto. Esta condición determina tanto su proceso como su resultado final.

“No es una simple escultura decorativa, sino una imagen de culto, a la cual la gente se encomienda”, explica. Esa distinción implica una responsabilidad particular: la imagen no solo debe estar bien ejecutada, sino también generar una conexión emocional con quienes la observan. En ese sentido, su trabajo se rige por normas claras. La iconografía religiosa limita el margen de innovación: las posturas, los gestos y los elementos simbólicos deben respetarse para que la figura sea reconocible y coherente dentro de la tradición. Aun así, encuentra espacios para imprimir un sello propio, principalmente en la expresión.

“Hay imágenes que pueden ser muy bonitas artísticamente, pero son frías. Lo que a la gente le gusta es la expresión, la mirada”, señala.

EL PROCESO: DE LA MADERA 

A LA IMAGEN

El trabajo comienza con la selección de la madera, generalmente de patol o cedro, materiales que determinan tanto el peso como la durabilidad de la pieza. A partir de ahí, inicia un proceso que puede prolongarse durante semanas o meses: tallado, pulido, aplicación de blanco de España y pintura por capas.

Cada etapa exige precisión. Las imperfecciones que surgen en el proceso obligan a corregir, lijar y volver a trabajar la superficie. Hernández reconoce que esa búsqueda de acabado puede retrasar las entregas: si una pieza no le convence, prefiere modificarla antes que darla por terminada.

En contraste con la producción industrial de imágenes religiosas, defiende el valor de la madera como un material con mayor carga simbólica. Desde su perspectiva, se trata de una “materia viva”, capaz de generar una relación distinta con quienes la veneran.

ENTRE EL RIESGO Y LA FE

Más allá del oficio, su relación con la escultura también está atravesada por experiencias personales que, desde su perspectiva, han reforzado su devoción. A lo largo de los años, ha enfrentado siniestros viales como impactos y caídas en carretera de los que ha salido sin lesiones, situaciones que recuerda con asombro y que marcaron un punto de inflexión en su manera de entender su vida.

“Si, me han pasado muchas cosas en las que he salido ileso”, dice. Más que episodios aislados, los asume como momentos que afianzaron su devoción y lo llevaron a mirar su trabajo desde otro lugar. En más de una ocasión, señala, ha sentido la necesidad de agradecer, de detenerse, de reconocer que hay algo que lo rebasa.

Esa experiencia íntima se refleja en su manera de trabajar. Cada imagen implica tiempo, insistencia y una búsqueda constante por alcanzar una expresión que, además de estar bien lograda, tenga sentido para quien la mira. No es solo una cuestión de técnica: en el proceso intervienen la paciencia, la duda y una forma de entrega que él mismo relaciona con la devoción.

ENTRE LA DEVOCIÓN Y EL ANONIMATO

A pesar de la presencia constante de sus obras en uno de los eventos más concurridos de la ciudad, Hernández mantiene una postura discreta frente a su propio trabajo. Rara vez firma sus piezas y evita hacer publicidad personal.

“Como que siempre me mantengo en el anonimato”, comenta. Más que una estrategia, se trata de una decisión vinculada con la naturaleza de las imágenes: al estar destinadas al culto, el protagonismo recae en lo que representan, no en quien las realiza.

Sin embargo, reconoce que existe una dimensión emocional al verlas en contexto. Durante la procesión, las imágenes dejan el espacio del taller para integrarse a un recorrido donde miles de personas las observan, les rezan o simplemente las acompañan en silencio.

IMÁGENES QUE CONMUEVEN

Para Hernández, el papel del escultor dentro de la procesión es claro: lograr que la imagen provoque algo en quien la mira. “Si no representa o no conmueve, no provoca fe”, afirma.

Esa capacidad de generar vínculo es, en muchos casos, lo que determina la permanencia de una pieza en la memoria colectiva. Más allá de su calidad técnica, algunas imágenes adquieren un significado especial para los fieles, quienes establecen con ellas una relación cercana, incluso afectiva.

En ese cruce entre oficio, tradición y experiencia personal, la escultura deja de ser únicamente un objeto artístico para convertirse en un elemento activo dentro de la vida cultural y religiosa de la ciudad.

UN TRABAJO QUE CONTINÚA

Sin plantearse a largo plazo, Hernández sigue trabajando bajo una lógica inmediata, atendiendo encargos y sumando piezas a una tradición que se renueva cada año. Su labor, aunque muchas veces invisible, forma parte esencial de la Procesión del Silencio y del entramado cultural que la sostiene.

En cada imagen, tallada y pulida con precisión, se concentra no solo una técnica heredada, sino también una forma de entender el arte: como un puente entre la materia y la fe.