Una de las creencias que disminuye nuestra capacidad de disfrutar de la vida es que la vida es injusta. Cuando no obtenemos lo que queremos, cuando otras personas consiguen algo que creemos no merecen, cuando nuestro país no prospera o nuestra sociedad se hunde en la ignorancia, tomamos la postura radical de que la vida es injusta. Y hasta se vuelve una muletilla para mantener viva a la mente sufriente con la frase: ‘¿y quién dice que la vida es justa?’
Las tradiciones místicas de oriente responden a ese cuestionamiento con toda claridad al reconocer que la vida en sus distintas manifestaciones nos dice que es justa. Todo está justamente colocado para que las consecuencias de las acciones sean de la misma naturaleza. Es decir, las causas de vida que plantamos diariamente en nuestra mente terminan germinando por una relación causal que va más allá de lo bueno o lo malo; es simplemente justo. ¿Quién podría afirmar que el hecho de que un naranjo de naranjas es injusto? Solamente un necio que quería mangos. Es decir, la vida es justa pero no significa que va a cumplir caprichos egocéntricos, como es la búsqueda de la felicidad a costa del bienestar de otros o la calma mental a través de la preocupación constante.
¿La Vida es justa? Sí. La vida es justamente el equilibrio perfecto entre causa y efecto, en donde se nos invita a vivir conscientes del ahora sin perdernos en resistencias egocéntricas que buscan responsabilizar a otros de nuestro malestar crónico. Sí, la vida es justa porque presenta la base en la cual se asientan armónicamente las causas con sus consecuencias, invitando a vivir cada vez más despiertos, más bondadosos y plenos.