En el marco del Día Internacional de la Danza, conmemorado cada 29 de abril como una fecha dedicada a reconocer la importancia de esta disciplina a nivel global, el bailarín y coreógrafo Ariel Robles Hernández “Zeus” ofrece una mirada crítica sobre las condiciones actuales de la escena dancística en San Luis Potosí.
Con más de 25 años de trayectoria y al frente de su propio estudio, el también bailarín multidisciplinario plantea que, aunque existen esfuerzos institucionales por generar espacios de exhibición, estos suelen quedarse en lo superficial.
Desde su perspectiva, la apertura de foros no es suficiente si no se reconoce todo el trabajo que hay detrás de cada presentación: horas de ensayo, inversión en vestuario, pago a docentes y coreógrafos, así como los gastos operativos que asumen los propios artistas.
Robles Hernández subraya que esta dinámica genera una percepción incompleta del “apoyo cultural”, ya que se invisibiliza la base del proceso creativo. Advierte que ningún evento podría sostenerse sin la participación activa de las y los bailarines, por lo que insiste en la necesidad de establecer una relación más equitativa entre instituciones y comunidad artística, donde el reconocimiento también se traduzca en condiciones dignas.
En cuanto a los retos específicos en San Luis Potosí, apunta a la falta de organización y planeación como uno de los principales problemas.
Señala que, incluso en eventos de gran convocatoria como los que se desarrollan en torno a esta fecha, la información llega de manera tardía o incompleta, lo que complica la logística para participantes locales y foráneos.
A esto se suma, dice, la designación de responsables institucionales sin conocimiento suficiente del ámbito dancístico.
Para el coreógrafo, es fundamental que quienes encabezan la gestión cultural tengan experiencia o, al menos, una comprensión clara de las necesidades básicas de la disciplina, desde la coordinación técnica hasta aspectos mínimos de atención a los y las artistas.
Su reflexión apunta a que esta conmemoración no debería limitarse a una celebración simbólica, sino convertirse en una oportunidad para replantear políticas públicas que fortalezcan el desarrollo profesional de las y los bailarines. En ese sentido, enfatiza que dignificar la danza implica no solo visibilidad, sino también estructura, planeación y reconocimiento real del trabajo artístico.