En la campaña de información sobre la pandemia de coronavirus Covid-19, el secretario de salud Miguel Lutzow Steiner, advertía este domingo lo necesario que es dar nombre y apellidos a las personas que fallecieron contagiadas. Ya no son los dos o tres fallecidos en una semana. Son a veces hasta 200 personas en 7 días.
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Eran personas que tienen rostro, que estudian o trabajan, que se enamoran; eran amigos, amigas, papá, mamá, abuelo, hijo, trabajadores con una función clave en su empresa o en su oficina de gobierno, que aportaban los alimentos para la casa, que en ocasiones también llevaban la batuta de la educación de sus hijos hasta que esto se quedaron sin escuela en medio de la orfandad, eran médicos, enfermeros, sacerdotes, policías, comerciantes, profesoras y profesores.
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La felicidad de muchos dependía de verlos llegar a su casa, de convivir con ellos, incluso de discutir con ellos, de trabajar juntos en la solución de problemas, de esperar su arribo al hogar para que expliquen una complicada operación matemática o ayuden a traducir un texto, de esperar para que acuda a usar el martillo y cualquier otra herramienta para reparar lo que otros miembros de la familia no pudieron.
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Esa ingobernabilidad la propician miles de personas que toman la decisión de no atender la urgencia de frenar la concentración de gente y la propagación del virus.
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Es la misma ingobernabilidad de las autoridades que no pueden con los comerciantes ambulantes, que por meses de emergencia sanitaria han permitido la apertura de negocios no esenciales, e incluso, no planean medidas legales de mayor peso para frenar la circulación injustificada de gente por las calles. El libre tránsito como precepto constitucional, en ninguna parte indica que deba darse hasta en condiciones de pandemia.
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Todo ello es una utopía, si caemos en la cuenta de que ninguna autoridad pudo parar la instalación del Tianguis dominical de la avenida Hernán Cortés, el mercado de chácharas ubicado en el Camino a la Libertad y la calle Francisco de P. Palomo, del tianguis de ropa vieja y otros insumos que se ubica frente al rastro municipal de la avenida Ricardo B. Anaya en la capital, o del que se llama mercado de las verduras en el Centro de Abastos, por cierto, el primer punto donde los contagios de coronavirus superaron los diez casos en menos de una semana.
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La delgada línea entre mantener funcionando los motores de la economía, y la necesidad de reemplazar piezas de la estrategia, es aquella que por negligencia u omisión, o interés político-electoral, no se ha querido romper. Es verdad que algunas estrategias podrían exprimir una parte importante de los recursos públicos, pero también lo es el hecho de que decisiones tales como salir de casa sólo para comprar alimentos, evitar acudir en montón, asearse constantemente las manos con agua, jabón o gel antibacterial, no tocarse la cara, guardar un distanciamiento prudente, no tomar con las manos todo lo que se encuentre uno a su paso, y tampoco compartir utensilios o incluso alimentos de un mismo vaso o plato, son buenas costumbres que nada cuestan.
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Sin embargo, que una autoridad sea permisiva, por ejemplo con la instalación del Tianguis de Las Vías, es una omisión peligrosa, que pudiera cobrar tantas facturas en la salud pública, como ya ocurrió con las reuniones familiares o de amigos en temporada navideña. Era inevitable que el virus pudiera diseminarse, y causar más de 40 muertos por día, como ya ocurrió.
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¡¡HASTA MAÑANA!!
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