No se sabe qué parte no se entendió de lo que sucede con la pandemia y los riesgos. Hasta ahora no hay autoridad con la suficiente fuerza de convencimiento para mandar a la gente a su casa.
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Abundan los potosinos circulando por las calles sin importar el riesgo a su familia, a sus amigos, compañeros de trabajo, desconocidos y hasta médicos y enfermeras que se exponen al atender a personas inocentes que adquirieron el virus de alguien que no se cuidó y a contagiados por su propia irresponsabilidad.
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Si bien en las redes sociales abunda la basura informativa, fake news, información sin verificar o mal intencionada, de pronto circulan algunos mensajes de concientización que de todos modos mucha gente se niega a atender. Es fácil hacer montón en los tianguis, en las tiendas departamentales cuyos trabajadores insisten en recircular las impurezas aéreas con aparatos de aire acondicionado, o en los puntos de mayor concurrencia del centro de la ciudad y las plazas comerciales.
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El grado de irresponsabilidad e incluso de ignorancia se puede explicar, por ejemplo, con la alegoría del lobo, quien pregunta a los corderos por qué no huyen cuando lo ven. Algunos le dicen que a los corderos sanos no les hace daño la mordida de un lobo. Otros dicen que rondan cerca del lobo porque es su libre albedrío y unos más se aventuran a decir que los lobos no existen, aún con el feroz animal enfrente.
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Así sucede en la vida real, con quienes a pesar del número inusual de potosinos muertos. Es más, todavía abundan aquellos que ni siquiera saben cómo usar un cubrebocas y lo llevan puesto como sea, creyendo que se trata de una prenda como cualquier tipo de ropa, en forma libre y como si nada ocurriera.
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La falta de responsabilidad con el distanciamiento social y las medidas de cuidado, no sólo es cultural. También va de la mano de un discurso defectuoso o mal planeado del sector salud. Es raro un mensaje público que dé cuenta del uso correcto del cubrebocas.
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No hay creatividad en los mensajes para difundir el grado de peligrosidad del virus flotando en el aire, por lo menos con diversas explicaciones gráficas para llegar a quienes sólo entienden con monitos.
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Pocos saben que en el aire, el virus se puede mover con la misma rapidez que el olor del cigarro y las esencias de los perfumes, o en la misma dirección del aire que mueve los vapores de la boca y la nariz, sólo visibles a la intemperie en temporada de frío. Nada de eso está en las advertencias de las instancias de salud de los tres niveles de gobierno. Por eso la gente que resta importancia a la pandemia no se educa y tampoco atiende las recomendaciones de no ir a amontonarse al tianguis dominical de Las Vías, a hacer bola en los supermercados, a las fiestas de 15 años o a los viajes de paseo entre amigos.
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Sólo hasta que eso se entiende, es posible comprender el tremendo riesgo en el que se encuentran los abuelos, los niños y las personas con enfermedades colaterales que no soportarían la inflamación de los pulmones, cuando los jóvenes llegan con el virus, cuando los papás y las mamás se van a la calle sin medidas de precaución llevando a los niños que con frecuencia todo agarran, cuando las parejas se van a comer a un restaurante de nulas condiciones de higiene y regresan con el virus a casa, o cuando alguien decidió acudir a lugares concurridos.
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¡¡HASTA MAÑANA!!