Ocho muertes de pacientes en un solo día son indicadores de que la pandemia no tiene freno. Ya pasó la temporada navideña y aún así, las diversas variedades del virus se reproducen como hongos. Progresivamente van apareciendo más y más personas que se comportan como si ya no hubiera peligro. Otra vez aparecen mamás irresponsables con sus niños, todos sin cubrebocas; los operadores de autobuses de transporte urbano suben pasajeros que no acatan la medida, y la promesa de la dotación de gel antibacterial se quedó nada más en eso. La Secretaría de Comunicaciones y Transportes del Estado, no les cumplió.
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En el tianguis dominical de la avenida Hernán Cortés, pareciera ser que a ninguno de todos sus dirigentes le interesa la salud de sus comerciantes, y es fecha que los vendedores no presentan una propuesta inteligente para dirigir el tránsito de personas y en su caso formar sus propios comités que impidan el ingreso de familias sin cubrebocas. En las fuentes de trabajo, progresivamente van apareciendo más personas contagiadas, y en esos casos pareciera que ahora solo falta preguntar, quién no se contagió durante las fiestas decembrinas, y mostró sus síntomas hasta que regresó a trabajar.
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En San Luis Potosí, por fin a alguien se le ocurrió que las clases presenciales de los alumnos, serían postergadas hasta mejor época. Se trata de una medida que por lo menos ayudará a no movilizar el virus, al menos tanto como las reuniones familiares de la Navidad y el año nuevo, o los periodos vacacionales viajando largas horas en un autobús que recicla el ambiente a través del aire acondicionado. Sin embargo, ese es precisamente el eterno luchar, por aquellos casos donde hay personal en las escuelas que parece haberse tomado ya como pachanga la pandemia. O no acuden, o solo esperan una orden de regresar a casa para desaparecer incluso de sus propias actividades académicas. En pocas escuelas hay planes verdaderos para disminuir los riesgos de contagio.
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Es más, todavía abundan las escuelas que carecen de infraestructura para mantener el agua circulante. Otros planteles ni siquiera cuentan con personal suficiente para el desahogo de las actividades escolares. Cuánta falta hace el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, que Andrés Manuel López Obrador jubiló con la campaña infamante de que era el responsable de la vulnerabilidad del futuro laboral de los docentes. Es sencillamente un instituto evaluador, y sus datos de estudio le habrían ayudado a tomar decisiones inteligentes para mejorar la calidad educativa. Ya avanzado el sexenio, es obvio que no sucedió así, y se refleja en las deficiencias de equipamiento, infraestructura, personal y planes para enfrentar la pandemia en forma eficiente, incluso sin afectar programas de estudio, ni dejar generaciones perdidas que eso sí, con mala educación vivirán de las dádivas de los políticos. Mientras ello ocurre, la pandemia es un tren sin freno.
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Lo cierto es que el gobierno pasado no se caracterizó por su generosidad en materia de infraestructura, y mucho menos parecía tener un plan, y sin embargo, en la cuenta pública 2020, la Auditoría Superior del Estado le observó la falta de publicación del Plan de Infraestructura 2015-2021. Ahora, corresponderá al nuevo gobierno, crear su propio plan de infraestructura, que deberá ser incluído en el Plan Estatal de Desarrollo. La planeación, sin embargo, exige al nuevo gobierno, aplicar criterios de transparencia en la asignación de la obra, si se considera que hasta hoy, es muy poco lo que se conoce de proveedores de obra y servicios.
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¡HASTA MAÑANA!