¿Qué tal la gran Queta?
El licenciado y gran amigo Carlos Alejandro Robledo y vuestro atento y seguro servidor (como decían las despedidas en las añejas cartas que algún día enviamos por el inolvidable Correo) veíamos en el televisor de don Manuel Poncela, y con la emoción contenida casi saliéndose en forma de lágrimas, el inicio de la más bella y trascendental Olimpíada, la de México, aquel 12 de octubre de 1968
En el repleto estadio de Ciudad Universitaria surgió ataviada de blanco, una figura esbelta, espigada, cubriendo el último relevo con la antorcha que encendería el circular pebetero del fuego olímpico, allá en lo alto del graderío.
Corría como si sus pies acariciaran el piso y llegaba a la la escalinata de noventa peldaños para subirla con paso firme y con el más acendrado espíritu olímpico, a fin de cumplir con su noble propósito. Ella, la bajacaliforniana Enriqueta Basilio, la primera mujer en la historia del olimpismo que encendería el pebetero para que los Juegos comenzaran.
“Mira Mora –dijo el abogado—lo que podemos hacer los mexicanos”. Alex, con su vaso de licor en la diestra, me señalaba la escena transmitida por la televisión mexicana. Se sintió gratamente satisfecho por lo que México entregaba al mundo: una Olimpíada diferente, plena de relevantes figuras deportivas pero también arropada por el extraordinario manto cultural planeado escrupulosamente por el Comité Organizador, Los más fulgurantes eventos, como exposiciones pictóricas, presentación de grupos del folklore universal, conferencistas, la expresión de la cultura de casi todos los países representados en los juegos, le daban al talento del hombre, un escaparate universal para mostrar sus anhelos, sus ideales.
Queta, mientras tanto, seguía ascendiendo, sin darle tregua al cansancio. Uno a uno, los escalones quedaban atrás y ella, con su antorcha se acercaba peldaño a peldaño, al l inolvidable pebetero.
Y llegó tan fresca como una mañana de Mexicali, su tierra natal. Saludó al gentío que no permitía ni siquiera la cabida de un alfiler más, en las gradas del hermoso recinto deportivo. Estiró su brazo y su fuego hizo contacto con el recipiente del olimpismo… y éste ardió levantando una llamarada esplendorosa.
La estruendosa ovación era la voz olímpica que daba el toque inicial de los Juegos. Queta, la histórica deportista bajó lentamente, gozando con plenitud el hermoso espectáculo de la alegre muchedumbre que gritaba jubilosamente por el inicio de nuestra Olimpíada.
Queta, infortunadamente, ha muerto el sábado anterior, cuando apenas había rebasado el séptimo piso de su vida. Un ejemple de la mujer universal que se ha apagado, una mexicana que entró por la puerta de oro de la historia olímpica, una atleta que jamás podremos, ni queremos olvidar.
“Nací para el mundo el día que encendí la llama olímpica”, dijo en alguna ocasión la juncal atleta.
¿Y saben qué? Cuando el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, mi jefe cuando laboré en el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas, expuso la idea de escoger a una mujer que portara el último relevo con el fuego de los Juegos, alguien le propuso a Amalia Hernández, del ballet Folklórico Nacional y a la Doña, la gran María Félix, diva del cine nacional.
Pero no. ¿Subir los noventa escalones? Se necesitaba alguien que pudiera hacerlo, alguien con aptitudes deportivas, alguien que pudiera subir la empinada distancia con señorío, con arrestos atléticos, con prestancia, con la belleza morena representativa de la mujer mexicana. Y Queta fue la gran seleccionada.
Enriqueta merece un homenaje especial pues no sólo fue el símbolo de la libertad y el derecho de las mujeres, en la época olímpica mexicana, sino también un ejemplo de lo que es una ciudadana especial.
Infortunadamente, sus días vitales cerraron su libro pero su trascendencia en el olimpismo quedará viva para siempre.
Así las cosas, hasta el martes venidero, DM. Comentarios: miguelmoramartinez@hotmail.com