UN ROEDOR INOLVIDABLE
Un amigo me preguntó qué recordaba mejor del Raúl Macías Guevara, el inconfundible “Ratón” del boxeo profesional mexicano. Mi contestación fue tan rápida como el vuelo del pensamiento hacia la época dorada del boxeo en la división de los gallos: Del Ratón recuerdo su inolvidable: “Todo se lo debo a mi mánager y a la Virgencita de Guadalupe”.
Y así pasa con muchos aficionados al boxeo de aquellos años, cuando se trata de hablar del roedor campeón de los emplumados, que conquistó la corona mundial de su división al derrotar a aquel recio tailandés Chamrem Songkitrat.
Casi nadie recuerda su medalla Panamericana y al despojo sufrido en la Olimpiada de Helsinki, cuando Raúl fue injustamente calificado por los jueces para favorecer al ruso Genaddij Garbussov.
Pocos recuerdan el origen humilde que tuvo. Su nacimiento en el barrio bravo de Tepito, su último lugar en la fila de hermanos (doce) que tuvo el matrimonio de Gabriel Macías y de Carmen Guevara. Difícil recordar la estrechez económica de su familia, pues su padre, de oficio zapatero, tuvo que enfrentar a la vida renovando los zapatos de los vecinos.
Me place escribir un recuerdo del tepiteño pues con una entrevista que me concedió el lejano año de 1955, cuando viajaba a Ciudad Juárez en el cómodo avión que bajaba en el viejo aeropuerto de San Luis, ubicado en donde ahora surgió el Parque Tangamanga II, me contagió con su amabilidad, su singular estilo de hablar y su sencillez.
Fue Pepe Hernández, su primer entrenador, quien propició la tan recordada frase y durante una entrevista que le hizo Paco Malgesto, aquel sonriente y singular cronista deportivo, cuando El Ratón pronunció las palabras que quedaron para la posteridad.
Esto lo escribo para las nuevas generaciones sepan algo de quien fue uno de los más grandes ídolos, pues quedan pocos de aquella época. Está cercano el aniversario de su fallecimiento.
Pocos recuerdan cuando el tal Billy Peackock le fracturó la mandíbula en el tercer round de su pleito de revancha en Los Ángeles en 1955. “No sé de dónde sacó un derechazo que me hizo ver estrellitas –dijo alguna vez Raúl—pero no vi a Billy Peaccok, sino a Mil y Pico”, recordando su aquella noche infausta.
¿Más sobre el ídolo? Su máxima bolsa fue de 50 mil dólares cuando el billete verde estaba a 8.50 pesos.
Ha sido el único boxeador que al conjuro de su nombre, llenó la Plaza de Toros México para una de sus peleas. Vaya, ni siquiera el César del Boxeo, JC Chávez, ha podido lograr un lleno en semejante coso.
Fue recibido en alguna memorable ocasión, por el Papa Pío XII en la sede del catolicismo mundial.
Su más fatídico golpe, el gancho al hígado, inspirado en el boxeo del gran Luis “Kid Azteca” Villanueva.
Su noche para olvidar, cuando cayó ante el duro bóxer francés Alphonse Halimi. Su retiro a los 25 años de edad fue por la promesa hecha a su madre, de dejar de pelear para que ella no sufriera cuando subía al ring.
El pleito contra el José “Toluco López, al cual ya había derrotado en el terreno amateur, no fue como dijeron muchos, por miedo, sino porque los promotores no tuvieron dinero suficiente para montar el espectáculo.
Tras su retiro, incursionó en el cine e hizo varias películas con mensaje para la juventud. Fue amigo de los figurones del celuloide, entre ellos María Félix, “Cantinflas”, Pedro Infante, Jorge Negrete. Agustín Lara.
Además en el plano de la política, como priísta auténtico, fue diputado suplente e impulsor del deporte en todo el país.
Murió el 25 de marzo de 2005. Su cuerpo fue llevado a la Basílica Guadalupana y así como llenó alguna vez la Plaza México, también llenó de fieles seguidores, el santo recinto.
Quienes somos de aquella época, seguimos recordando al gran roedor, como el más grande ídolo del boxeo.
Y que conste, ese infarto no se le debió a su mánager ni a la Virgen, sino a un traicionero golpe de la vida.
Así las cosas, hasta el martes próximo, D.M.
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