PALEMÓN Y CHOLOTOVA

Mis compadres Palemón y Cholotova han sido siempre escépticos respecto al arte de Cúchares, aunque en algunas ocasiones asisten a las plazas de toros a tratar de entender la artística faena de los diestros al lidiar a descomunales ejemplares de reses bravas.

Por lo que al Pibe respecta, en la edad infantil tenía un amigo llamado Alfonso Ramírez, (tocayo del matador de toros “El Calesero”) y quien era el feliz poseedor de la consabida carretilla con cornamenta, un estoque, dos banderillas y una lona recortada que utilizaba como capote para hacerle faena al burel de ruedas.

Jugábamos a ser toreros para doctorarnos cuando llegáramos a la juventud y en aquel espacioso patio de la casa de departamentos ubicada en Constitución 1113, arrancábamos los silenciosos “oles” de nuestros sueños, dándole capotazos a la carretilla que empujábamos alternándonos “El Chato” y yo. Fuimos realmente felices jugando a ser figuras del toreo, sin alcanzar siquiera a comprender que en las tardes de toros, el matador se juega la vida al enfrentar a la bestia armada con poderosos y temibles pitones.

Alfonso y su familia algún día cambiaron de domicilio y con ellos también se fueron mis sueños infantiles de torear, pues en casa poco había y pensar en tener los avíos de torero era cosa inalcanzable.

Muchos años después lo encontré en la Universidad. Estudiaba Estomatología y terminó su carrera. Pero ya no era “El Chato”, sino que en la casa de estudios lo apodaron “El Manotas”, pues ciertamente era dueño de un par de manos de gran tamaño… y con ellas intervenía a sus desdichados pacientes. En alguna ocasión me atendió en su consultorio, pero no me dieron ganas de volver, porque era tosco, brusco para intervenir mi adolorida dentadura.

Pero adentrándonos al tema principal de la tauromaquia, es justo decir al compadre Palemón, que la fiesta de los toros no sólo se viste de sangre y arena, sino que ha originado portentosas manifestaciones en todas las artes creadas por el hombre.

¿Quién no ha escuchado aquella hermosa frase de “Silverio, cuando toreas, no cambio por un trono mi barrera de sol”, expresada por el gran Agustín Lara en el pasodoble que dedicó a Silverio “El faraón” Pérez? ¿Quién puede quietarle un ápice de belleza a la ópera “Carmen”, de Bizet? Y las hermosas obras larescas de “Granada” y “Murcia”.

En un artículo escrito hace varios años, leí el siguiente párrafo:

“Francisco de Goya, Salvador Dalí, Pablo Picasso, Fernando Botero, Agustín Lara, Marcel Marceau, entre otros encontraron en los muletazos fugaces de los toreros el sentimiento, la alegría, el dramatismo y el placer estético para plasmarlos en la pintura, escultura, danza, literatura, música, arquitectura y cine”.

Catón se refirió así a la fiesta: “Gozo los deslumbramientos taurinos de Goya y de Picasso, de Alberti y Lorca, de Lara y de Penella, de todos aquellos, en fin, que en la pintura, el bronce, las letras y la música han buscado inspiración en la liturgia y el arte de torear”.

La diversidad en el conocimiento, en la sexualidad, en el gusto por uno u otro arte, debe de ser respetada. Es necesario decirle a mi compadre Palemón, que si se aficiona al arte de Cúchares, bien: si no lo hace, también, pues le respeto sus decisiones como él respeta mis comentarios.

Así que goza y deja gozar, vive y deja vivir, sueña y deja soñar… que para eso estamos más que puestos quienes amamos el enorme regalo que Dios nos ha dado: la vida.

Un comentario más, pero este futbolero: ¿Qué les pareció la heroica pero angustiosa defensa del Atleti de San Luis en el patio del Potro atlantista? Para el buen aficionado, fue un partido desesperante para los nuestros, pues el planteamiento ultradensivo de Poncho nos tuvo en el filo de la butaca. A ver si contra los pupilos de Maradona, cambia la estrategia para demostrarle a la afición, que el equipo juega a ganar con todas las de la ley.

Así las cosas, hasta el martes próximo, DM.

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