En el Centro de Reinserción Social La Pila, donde los muros marcan los límites de la vida cotidiana, este jueves el balón marcó otros límites.
Cerca de 200 mujeres se habían reunido alrededor de una cancha para recibir a un equipo que no conocían. Algunas miraban con curiosidad; otras saludaban, hacían bromas y esperaban el momento de entrar a la cancha.
Del otro lado estaban las Reporteras FC, un equipo de periodistas, amigas y conocidas que, por primera vez, llegaban a ese lugar no para cubrir una historia, sino para jugarla.
Había nervios. Para algunas era la primera vez que cruzaban las puertas de un centro penitenciario; para otras, aunque ya habían recorrido esos mismos pasillos por trabajo, aquella visita era distinta. Esta vez no llevaban cámaras ni celulares. Llevaban uniforme, tenis y un balón.
Las mujeres privadas de la libertad serían las locales. Ellas, las visitantes. Y aunque los muros seguían rodeando la cancha, durante los dos tiempos hubo algo que consiguió hacerlos menos presentes: el futbol.
Reporteras FC nació hace poco más de un año, cuando un grupo de mujeres que coincidía todos los días en coberturas periodísticas decidió encontrarse también fuera del trabajo para jugar. Después llegaron las amigas y familiares.
Lo que comenzó como una forma de hacer deporte y convivir terminó convirtiéndose en un espacio construido por mujeres y para mujeres. Esta vez, ese espacio llegó hasta La Pila.
Esta vez, las Reporteras FC, llegaron a La Pila no para cubrir una historia sino para jugarla/Fotos: Cortesía
Las Ranas y otro equipo vestido de blanco fueron sus rivales. Hubo gritos, pases, goles y risas. El marcador terminó 4-1 para las locales, pero para entonces el resultado había pasado a segundo plano. Lo importante estaba en la cancha, pues mujeres de distintas edades compartieron un balón, conociéndose entre jugadas y haciendo algo tan cotidiano como jugar futbol.
Para quienes viven en La Pila, la visita significó también encontrarse con caras nuevas y romper, aunque fuera por un rato, con la rutina. Los muros seguían ahí. Ellas seguían dentro del centro penitenciario. Pero durante aquella hora pudieron correr, competir, reír y concentrarse en algo distinto.
"Sus cuerpos físicos están aquí, pero no dejen que su mente y corazón permanezcan en encierro", dijo durante la bienvenida Carmen Villa, directora del centro.
Y quizá eso fue lo que ocurrió en aquella cancha. No se abrió ninguna puerta ni desaparecieron los muros. Simplemente, durante un partido, hubo un espacio para disfrutar sin pensar en ellos y para sentirse parte de algo que por un momento rompió con la rutina.
El balón siguió rodando. Por una hora, también la vida.