Biarritz, Fra.- Las poses de los líderes de las democracias del Grupo de los Siete comenzaron el sábado mucho antes de tomarse la fotografía oficial de la cumbre. El presidente francés y anfitrión, Emmanuel Macron, quien puso como prioridad de la agenda los incendios de la Amazonía, acorraló a Donald Trump en el hotel del líder estadounidense con una espontánea invitación a almorzar.
Fue una especie de demostración de poder de Macron en la cumbre, que Trump esperaba utilizar para persuadir a sus aliados a apegarse a su mantra de pocos impuestos y poca regulación.
Casi todos tenían a la mano una amenaza comercial.
El presidente del Consejo Europeo Donald Tusk y el primer ministro británico, Boris Johnson, intercambiaron críticas sobre quién pasará a la historia con la etiqueta del “Señor Brexit Sin Acuerdo”, responsable de un divorcio británico de la Unión Europea que parece estar a punto de descarrilarse.
Las expectativas reducidas no son nada nuevo para el G7, pero este año la intención parece ser únicamente la de evitar una catástrofe diplomática, rescatar lo más que se pueda y mostrar a los votantes que sus líderes tienen un papel en el escenario mundial. Una fuerza que podría unir a los líderes es la vulnerabilidad compartida por una recesión económica, sobre todo para algunos quienes, como Trump, tendrán elecciones en uno o dos años.
Todas las miradas estarán puestas en la dinámica entre Trump y Johnson, dos protagonistas que disfrutan de la imprevisibilidad que han creado.
Merkel está por terminar su mandato. El líder canadiense Justin Trudeau busca la reelección este año en medio de un escándalo político. El mismo Macron es sumamente impopular en Francia y los manifestantes del movimiento Chalecos Amarillos que lo han asediado desde el año pasado lo siguieron hasta Biarritz.
Sólo Shinzo Abe de Japón, quien abrumadoramente ganó la reelección hace unos meses, se veía completo en casa.