Kiev, Ucrania.- Muchos rompen a llorar al pisar suelo seguro y se abrazan al primer voluntario que encuentran. Son los últimos evacuados de Irpin, ciudad al noroeste de Kiev convertida en símbolo de la resistencia ucraniana, donde la batalla calle a calle con los rusos ha terminado, pero ha dejado un rastro de muerte y destrucción difícil de olvidar.
“La situación es horrible, nuestras calles y casas están destruidas, lo han bombardeado todo. Nuestros vecinos fueron asesinados, vimos cadáveres tirados por la calle”, cuenta con un hilo de voz Valentina, recién salida de Irpin.
Respira profundo y retoma su relato: “Irrumpieron en casa por la fuerza, nos obligaron a poner los brazos en alto y rompieron los teléfonos para que no pudiéramos comunicarnos. Cogieron todo el alcohol que había en casa y se lo bebieron. Y se llevaron todos los objetos de valor de las casas vacías del barrio”.
Irpin, una población de unos 60.000 habitantes, soportó el embate de las fuerzas rusas durante más de un mes, una resistencia clave para evitar que éstas entraran a la capital. Las tropas ucranianas dinamitaron el puente que comunica con Kiev para cortar ese acceso, un gran obstáculo ahora para evacuar a la población.
CADÁVERES EN LA CALLE
Su alcalde Oleksandr Markushyn estima en unos 3.000 los civiles muertos en la batalla de Irpin, pero todavía hay cadáveres por las calles que deben contabilizarse. Unos 5.000 residentes salieron en las evacuaciones masivas de las primeras semanas, y ahora no hay más de 500 personas, la mayoría ancianos en una ciudad fantasma.
Soldados y voluntarios buscan a la gente que queda, agazapada en sótanos. Muchos no se han enterado de que la ciudad fue liberada el pasado lunes y los rusos se han retirado de Kiev. Los llevan hasta el puente derrumbado, cruzan a pie dando un rodeo por el bosque y allí les esperan los coches que los llevan al punto de encuentro.
“Son dos mundos diferentes”, dice Vitaly, uno de esos conductores voluntarios, sobre la desolación en Irpin y la relativa normalidad en Kiev. En su furgoneta acaban de llegar Oleg, de 82 años, y Tatiana, de 74. Ella se deshace en lágrimas y cuenta que su hermana, que viene en una ambulancia, todavía tiene un trozo de metralla clavado en el brazo; él se alegra de ver “personas vivas y buenas”.
“¿Por qué los rusos hacen esto? Si éramos hermanos”, se pregunta Tatiana, que no se le olvida cómo un tanque ruso mató a bocajarro a su vecino el día que entraron.
“La vida prevalece y nosotros resistiremos, reconstruiremos la nación. A pesar de todos los obstáculos que nos pone el régimen de Putin, nuestros nietos y bisnietos vivirán y reirán. Gloria a Ucrania”, asevera Oleg, aturdido y con la cara amoratada tras días escondido sin ver la luz.
Los que no tienen destino garantizado al salir de Irpin, son transferidos a una residencia de estudiantes del centro de Kiev gestionada por la Cruz Roja. Allí está desde hace “ocho o nueve días”, Maria Omelchenko, de 84 años, que huyó de Irpin
sin documentación.
“Vivía con una hermana que no quiso salir de Irpin y tengo otra en Bucha -ciudad vecina también ocupada por los rusos y liberada ayer mismo-. No sé si está viva o muerta y no tengo idea de cómo localizarla”, lamenta Maria.