¿Qué implica para Oriente Medio la amenaza de Trump de destruir plantas desalinizadoras de Irán?

La destrucción de plantas desalinizadoras afectaría a millones en Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar.

El presidente estadounidense Donald Trump amenazó el lunes con atacar la infraestructura energética de Irán, incluidas las plantas desalinizadoras del país. Una medida así —y el posible ataque de Teherán contra las plantas de sus vecinos árabes del golfo Pérsico— podrían tener efectos devastadores en todo Oriente Medio, una región en la que escasea el agua.

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En una publicación en su plataforma Truth Social, Trump advirtió que, si no se alcanza "pronto" un acuerdo para poner fin a la guerra y no se reabre de inmediato el estrecho de Ormuz —por donde pasa gran parte del petróleo mundial en buques cisterna—, "concluiremos nuestra encantadora ´estadía´ en Irán volando y borrando por completo todas sus plantas generadoras de electricidad, pozos petroleros y la isla de Jark (¡y posiblemente todas las plantas desalinizadoras!) que deliberadamente aún no hemos ´tocado´".

El mayor peligro, advierten analistas, quizá no sea lo que Trump podría hacerle a Irán, sino cómo podría responder el gobierno iraní. El país depende de la desalinización para una pequeña parte de su suministro de agua, mientras que los Estados árabes del golfo Pérsico dependen de ella para la gran mayoría.

A lo largo de la costa del golfo hay cientos de plantas desalinizadoras, lo que deja al alcance de ataques con misiles o drones iraníes a sistemas individuales que abastecen de agua a millones de personas. Sin ellas, grandes ciudades —tales como Dubái y Abu Dabi en los Emiratos Árabes Unidos, o Doha, la capital de Qatar— no podrían sostener sus poblaciones actuales.

"A menudo las instalaciones de desalinización son necesarias para la supervivencia de la población civil, y la destrucción intencional de ese tipo de instalaciones es un crimen de guerra", señaló Niku Jafarnia, investigadora de Human Rights Watch.

Impacto y vulnerabilidad de las plantas desalinizadoras en el golfo Pérsico

Aunque depende menos de la desalinización, la situación hídrica de Irán es sumamente difícil. Tras un quinto año de sequía extrema, algunos reportes de medios iraníes indican que los embalses que abastecen a Teherán, la capital del país, están por debajo del 10% de su capacidad. Imágenes satelitales analizadas por The Associated Press también muestran embalses notablemente mermados. El país aún obtiene la mayor parte de su agua de ríos, embalses y acuíferos subterráneos agotados.

Los ataques aéreos israelíes del 7 de marzo contra depósitos de petróleo en los alrededores de Teherán produjeron una densa humareda y lluvia ácida. Expertos advirtieron que las consecuencias podrían contaminar el suelo y partes del suministro de agua de la ciudad.

"Atacar instalaciones de agua, aunque sea una, podría terminar siendo perjudicial para la población en un contexto de escasez tan severa de agua", manifestó Jafarnia.

Antes de la guerra que Israel y Estados Unidos iniciaron el 28 de febrero, Irán se apresuraba a ampliar la desalinización a lo largo de su costa sur y a bombear parte del agua hacia el interior, pero las limitaciones de infraestructura, los costos energéticos y las sanciones internacionales han restringido drásticamente la posibilidad de incrementar esos empeños.

En todo el golfo Pérsico, muchas plantas desalinizadoras están vinculadas a centrales eléctricas. En Kuwait, cerca del 90% del agua potable proviene de la desalinización, mientras que en Omán es aproximadamente el 86% y en Arabia Saudí alrededor del 70%. La tecnología elimina la sal del agua de mar —por lo general al hacerla pasar por membranas ultrafinas, en un proceso conocido como ósmosis inversa— para producir el agua dulce que sostiene ciudades, hoteles, la industria y parte de la agricultura en una de las regiones más áridas del mundo.

Incluso donde las plantas están conectadas a redes nacionales con rutas de suministro de respaldo, las interrupciones pueden propagarse en cascada a través de sistemas interconectados, explicó David Michel, investigador sénior de seguridad hídrica en el Center for Strategic and International Studies, un organismo de investigación sin fines de lucro que analiza diversos problemas a nivel global.

"Es una táctica asimétrica", comentó. "Irán no tiene la misma capacidad para responder con ataques... Pero sí tiene esta posibilidad de imponerles costos a los países del golfo para empujarlos a intervenir o a pedir un cese de hostilidades".

Las plantas desalinizadoras tienen diversas etapas —sistemas de captación, instalaciones de tratamiento, suministros de energía—, y el daño a cualquier parte de esa cadena puede interrumpir la producción, de acuerdo con Ed Cullinane, editor para Oriente Medio de Global Water Intelligence, una editorial que presta servicios a la industria del agua.

"Ninguno de estos activos está más protegido que cualquiera de las áreas municipales que actualmente están siendo alcanzadas por misiles balísticos o drones", sostuvo Cullinane.

El golfo Pérsico produce cerca de un tercio de las exportaciones mundiales de crudo, y los ingresos energéticos sostienen las economías de las naciones allí. Los combates ya han detenido el tráfico de buques cisterna por rutas marítimas clave y han alterado la actividad portuaria, obligando a algunos productores a recortar exportaciones a medida que los tanques de almacenamiento alcanzan su máxima capacidad.

"Todo el mundo piensa en Arabia Saudí y sus vecinos como petroestados. Pero yo los llamo reinos de agua salada. Son superpotencias hídricas creadas por el ser humano y alimentadas por combustibles fósiles", apuntó Michael Christopher Low, director del Centro de Oriente Medio de la Universidad de Utah. "Es a la vez un logro monumental del siglo XX y un cierto tipo de vulnerabilidad".

Trump hizo sus comentarios mientras el conflicto se intensifica: Teherán atacó una planta clave de agua y electricidad en Kuwait, y una refinería de petróleo en Israel también fue atacada, mientras que fuerzas estadounidenses e israelíes lanzaron una nueva ofensiva contra Irán.

Estados Unidos y los países del Pérsico reconocen el riesgo desde hace tiempo. Un análisis de la CIA de 2010 advirtió que los ataques a instalaciones de desalinización podrían desencadenar crisis nacionales en varios Estados del golfo, y que las interrupciones prolongadas podrían alargarse meses si se destruía equipo crucial. Más del 90% del agua desalinizada del Pérsico proviene de apenas 56 plantas, indicó el informe, y "cada una de estas plantas cruciales es extremadamente vulnerable al sabotaje o a la acción militar".

Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos han invertido en redes de oleoductos, embalses de almacenamiento y otras redundancias diseñadas para amortiguar interrupciones de corto plazo. Pero Estados más pequeños como Baréin, Qatar y Kuwait tienen menos suministros de respaldo.

La desalinización se ha expandido en parte porque el cambio climático está intensificando la sequía en toda la región. Las plantas en sí consumen muchísima energía y emiten enormes cantidades de carbono, mientras que sus ubicaciones costeras las hacen vulnerables al clima extremo y al incremento en el nivel del mar.

Durante la invasión iraquí de Kuwait en 1990 y 1991, las fuerzas iraquíes en retirada sabotearon centrales eléctricas e instalaciones de desalinización, indicó Low, de la Universidad de Utah, mientras que millones de barriles de crudo fueron arrojados deliberadamente al golfo Pérsico, lo que puso en riesgo las tuberías de captación de agua de mar utilizadas por plantas desalinizadoras en toda la región.

Los trabajadores se apresuraron a desplegar barreras de contención protectoras alrededor de las válvulas de captación de las principales instalaciones, pero en gran medida la destrucción dejó a Kuwait sin agua dulce y dependiente de importaciones de emergencia de agua. La recuperación total tomó años.

En años recientes, los insurgentes hutíes de Yemen —respaldados por Irán— han atacado instalaciones saudíes de desalinización a medida que aumentaban las tensiones.

El derecho internacional humanitario, incluidas disposiciones de los Convenios de Ginebra, prohíbe atacar infraestructura civil indispensable para la supervivencia de la población, incluidas instalaciones de agua potable.