RIO DE JANEIRO.- “Mamá, voy a escribir una samba para Portela”.
Rosinea Fagundes, una brasileña de 54 años, pensó que se trataba de una broma.
En un hogar sin tradición de músicos ni sambistas, su hijo Henrique -un adolescente con un leve retraso mental, de 17 años- había decidido probarse como compositor de una de las escuelas de samba más reconocidas y tradicionales de Río de Janeiro. Su inclusión en esta institución y la participación que Henrique tendrá en un desfile de carnaval la próxima semana son síntomas de nuevos tiempos en Brasil, donde en los últimos años hubo cambios que avanzaron en la integración de personas con deficiencia y en el combate a la discriminación.
Desde hace cuatro años, el joven brasileño integra la batería de Filhos de Águia (Hijos de Águila), la escuela juvenil de Portela, y además forma parte de la mayor.
“Cuando estoy en una escuela de samba siento mucha felicidad”, explica Henrique. Por primera vez en la escuela juvenil de Portela, este año las personas con alguna discapacidad dejarán de tener un lugar propio en el desfile y convivirán con el resto de los sambistas.
Como Henrique, cada año hay cerca de unos 800 niños y adultos con algún tipo de deficiencia física, psíquica o cognitiva que protagonizan una fiesta de carnaval diferente, enfocada en la inclusión. Lejos de los flashes y los presupuestos abultados que reciben las escuelas de samba de élite, 16 escuelas de samba “Mirins” o juveniles desfilarán el próximo martes y llevarán entre sus filas a decenas de personas con alguna discapacidad para plantear una lucha contra los preconceptos y la discriminación.