Se traslada desde la capital, Luanda, hasta el santuario mariano de Muxima, un lugar simbólico de los sufrimientos de Africa porque aquí, hace cuatro siglos, se redistribuían los esclavos. La Iglesia también fue cómplice, bautizándolos forzosamente antes de que fueran embarcados hacia las Américas.
Pero es en la oración del "Regina Coeli", recitada en Kilamba, una ciudad construida íntegramente por chinos -otro signo de la nueva Africa donde nuevas potencias echaron raíces desde hace años- que reitera su llamado a la paz.
Primero manifiesta toda su condena por "la reciente intensificación de los ataques contra Ucrania, que siguen afectando también a la población civil. Expreso mi cercanía a todos los que sufren y aseguro mis oraciones por todo el pueblo ucraniano. Reitero el llamado a que las armas callen y continúe el diálogo".
Luego mira hacia Medio Oriente alentando los procesos de diálogo: "La tregua anunciada en Líbano es motivo de esperanza, un signo de alivio para el pueblo libanés y para el Levante. Animo a quienes se comprometieron en una solución diplomática a continuar las conversaciones de paz, para que el fin de las hostilidades en todo Medio Oriente sea permanente", añadió.
En Angola, por todas partes hay una multitud festiva, los canales de televisión locales no transmiten otra cosa que la visita del Pontífice, los fieles lo esperan durante horas bajo el sol.
En el santuario mariano de Muxima, los jóvenes instalaron tiendas por todos lados. Están aquí desde hace días para asegurarse de poder ver al Papa de Roma. Y es precisamente a los jóvenes a quienes León XIV se dirige al encomendarles "un gran proyecto: construir un mundo mejor, acogedor, donde ya no haya guerras, ni injusticias, ni pobreza, ni deshonestidad".
En un país como Angola, de belleza sobrecogedora y con grandes yacimientos de petróleo y diamantes, hay quienes disfrutan de la "Saint-Tropez" africana, con su paseo marítimo lleno de locales de moda, y quienes ni siquiera tienen agua potable. Los rascacielos de Luanda apenas logran ocultar los barrios marginales con chabolas de lámina.
Y el Papa no podía dejar de lanzar un mensaje contra estas profundas desigualdades, entre las más amplias en Africa y en el mundo.
"La historia de su país, las consecuencias todavía difíciles que soportan, los problemas sociales y económicos y las diversas formas de pobreza claman por la presencia de una Iglesia que sabe acompañar en el camino y sabe recoger el grito de sus hijos".
Entonces es posible "construir un país donde se superen para siempre las viejas divisiones, donde desaparezcan el odio y la violencia, donde la plaga de la corrupción sea curada por una nueva cultura de justicia y de compartir".
E invita a todos a "prometer" esforzarse "sin medida para que a nadie le falte el amor, y con él lo necesario para vivir dignamente y ser feliz: para que quien tenga hambre tenga qué comer, para que todos los enfermos puedan recibir los cuidados necesarios, para que a los niños se les garantice una educación adecuada, para que los ancianos vivan serenamente los años de su madurez".