En este contexto, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) mundial se desaceleraría a 1.4% en 2026, es decir, 1.2 puntos porcentuales por debajo del escenario base, con una recuperación limitada a 2.1% en 2027.
De acuerdo con la firma, el deterioro sería generalizado, con lo que se anticipan recesiones en Estados Unidos y en la mayoría de las economías avanzadas, mientras que China reduciría su ritmo de expansión a 3.4 por ciento.
Aunque el impacto sería menor al observado durante la pandemia o la crisis financiera global, la magnitud del ajuste implicaría una caída más coordinada de la actividad económica que cualquier otro episodio en las últimas cuatro décadas. La afectación no solo provendría del encarecimiento energético, sino también de disrupciones en cadenas de suministro y tensiones en los mercados financieros.
Según el análisis de Oxford Economics, en el punto más crítico, hacia el cuarto trimestre de 2026, la reducción en la oferta de energía restaría por sí sola cerca de 0.9 puntos porcentuales al PIB global respecto al escenario base. Sin embargo, al incorporar efectos adicionales como escasez de combustibles y ajustes en los mercados, la desviación total podría alcanzar 2.1 puntos porcentuales.
El impacto podría ser incluso mayor si se materializan riesgos adicionales, como una caída en la inversión en sectores estratégicos como la inteligencia artificial o un desanclaje de las expectativas inflacionarias. Este último factor implicaría un aumento sostenido en los costos de financiamiento y limitaría la capacidad de respuesta de la política monetaria ante futuros choques.
En este entorno, los bancos centrales enfrentarían un dilema complejo entre contener la inflación o evitar un mayor deterioro de la actividad económica, en un escenario donde el choque energético amenaza con prolongar la debilidad del crecimiento global.