Refugiados, en precariedad

Riga, Letonia.-  La presencia de miles de refugiados ucranianos en Letonia, a punto de cumplirse un año del comienzo de la invasión rusa, es ya algo normal en éste y los otros dos países bálticos, aunque crecen las dificultades prácticas y financieras para su adaptación.

Las experiencias de un grupo de mujeres ucranianas filmadas por una documentalista letona, Una Celma, junto con una productora de televisión procedente de Kiev, ilustran los altibajos que sufren quienes buscan un refugio temporal en Letonia.

Julia, de unos 20 años, es de etnia rusa y se casó con un ucraniano, que resultó ser alcohólico. Ha visto cómo la prestación del gobierno letón que perciben ella y su hijo pequeño se reduce a sólo 14 euros al mes por un supuesto error de cálculo burocrático.

Se está divorciando de su marido, de quien vive separada, y encontró un nuevo amor en un soldado canadiense que estuvo destinado en Letonia, pero que regresó a su país. El proceso para inmigrar a Canadá de Julia -que tiene pasaporte ruso- sigue atascado desde hace meses, cuando debería haberse resuelto en 60 días.

Katya, madre de gemelos de un pueblo fronterizo por el que las fuerzas rusas entraron en su país, viajó con falsos pretextos a Moscú y luego cruzó la frontera con Letonia. Los guardias fronterizos rusos se llevaron su doble cochecito de bebé. Ahora está alojada en un pueblo cerca de Riga, en un dormitorio donde uno de los residentes es un ucraniano partidario del presidente ruso, Vladímir Putin, que la amenaza a ella y a sus hijos.

Son algunas de las situaciones que viven los refugiados ucranianos que se están integrando en la vida cotidiana de Letonia. Ahí está también el caso de una cajera ucraniana de una gran cadena de supermercados de Riga, quien lleva una etiqueta con los colores de la bandera ucraniana, señal para los clientes de que no habla letón y quizá tampoco ruso.

Los más de 38 000 ucranianos llegados a Letonia se han convertido también en desencadenante de un duro debate sobre si, a largo plazo, debe permitirse que ellos o sus hijos (el 30% de todos los refugiados ucranianos en el país son menores de 18 años) se comuniquen en ruso.