Caracas/Caraballeda, Ven.- Venezuela se enfrenta a las tensiones generadas por los problema de las miles de personas que se han quedado sin vivienda a los 10 días del doble terremoto que acabó con la vida de 2,954 personas mientras se desvanecen las probabilidades de más rescates.
En La Guaira, zona cero de la devastación y donde persisten graves fallas en servicios de telecomunicaciones, ya quedan pocos rescatistas en los edificios derrumbados y los familiares se muestran cada vez más desesperados y enfadados porque aún no han podido recuperar los cuerpos de sus seres queridos.
En el edificio Carabamar, una de las torres completamente destruidas de Caraballeda, varios familiares siguen acudiendo cada día y entrando a los escombros, a pesar del peligro que supone.
Una de las venezolanas busca a su hermana, después de conseguir rescatar a su sobrino pequeño, pero increpa a un grupo de mineros porque están tratando de sacar a un hombre de 25 años, pero no buscan a las decenas de muertos que aún quedan en ese edificio.
El ir y venir de los más de 3,000 rescatistas internacionales de días anteriores ha dejado paso a la maquinaria amarilla, que ya empieza a excarvar los escombros.
Miles sin hogar
Después de diez días desde los sismos, numerosas personas siguen fuera de sus casas, muchas de ellas acampando en lugares públicos, calles y en la misma playa, a la espera de que sus viviendas sean inspeccionadas para determinar si los daños fueron comprometedores o no. O simplemente por miedo a que se les vuelvan a caer encima.
Las autoridades cifran en 16.309 las personas que se quedaron sin vivienda y según el último balance, hay 856 edificios afectados, 190 de ellos totalmente colapsados.
“Ya tenemos más de 10 días con niños, personas adultas, ahí en la calle”, explicaba José Guillén, un joven de 32 años que vivía en una torre de 13 plantas que ha quedado destrozada.
Aníbal Zaa, de 30 años, acampa en el parque junto su esposa y una hija de ocho años desde el pasado domingo cuando abandonaron La Guaira.
“Nos subimos a Caracas por el miedo de perder la vida (...), por las posibilidad de un tsunami. Aquí nos sentimos más seguros, al aire libre, sin nada que nos pueda afectar si hay otro terremoto”, explica.