KUALA LUMPUR, Malasia.- Semanas después de que se diagnosticara COVID-19 a dos de sus compañeros de cuarto, Mohamad Arif Hassan dijo que aún estaba esperando a que le hicieran la prueba del coronavirus.
Aislado en su cuarto en una gran residencia para trabajadores inmigrantes que se ha convertido en el mayor foco de infección de Singapur, Arif dijo no estar demasiado preocupado porque ni él ni sus otros ocho compañeros de cuarto tienen síntomas.
Aun así, nadie culparía a este obrero de la construcción bangladeshí, de 28 años, si estuviera algo más que un poco preocupado. Las infecciones de coronavirus en Singapur, una adinerada ciudad estado asiática con menos de seis millones de personas, se han multiplicado más que por cien en dos meses, pasando de 226 a mediados de marzo a más de 23.000, solo superada en Asia por China, India y Pakistán. Sólo 20 de los pacientes han fallecido.
En torno al 90% de los casos en Singapur están asociados a los abarrotados alojamientos para trabajadores inmigrantes, olvidados por la gestión de crisis del gobierno. El complejo donde vive Arif, que tiene 14.000 camas, supone un 11% de los contagios con más de 2.500 casos. La segunda y enorme oleada de infecciones tomó a Singapur por sorpresa y dejó sobre la mesa el riesgo de ignorar a grupos marginados durante una crisis sanitaria. Pese a las advertencias que hicieron ya en febrero activistas de derechos humanos sobre las condiciones de hacinamiento y a menudo poco higiénicas en las residencias, no se tomó ninguna medida hasta que los casos se extendieron de forma generalizada el mes pasado.
Ese costoso descuido de Singapur también fue una importante lección para otros países con gran población inmigrante.