Zaporiyia, Ucrania.- Rusia reanudó la destrucción de un complejo acerero en Mariúpol que se ha convertido en el último bastión de resistencia en la ciudad, informaron soldados ucranianos el lunes, después de un breve cese del fuego durante el fin de semana que permitió las primeras evacuaciones de civiles que se resguardaban en la planta.
Más de 100 personas, incluyendo ancianas y mujeres con hijos pequeños, salieron el domingo de la destruida planta de Azovstal y partieron en autobuses y ambulancias hacia la ciudad de Zaporiyia, la cual se encuentra bajo control de Ucrania y se ubica a unos 230 kilómetros al noroeste, según las autoridades y videos publicados por ambas partes.
Los ataques aéreos, de tanques y buques rusos sobre el enorme complejo se intensificaron nuevamente después de la evacuación parcial, informó el Batallón de Azov, que defiende la planta, a través de un mensaje en Telegram.
Orlov aseguró que se llevan a cabo negociaciones de alto nivel entre Rusia, Ucrania y organismos internacionales para evacuar a más personas.
En caso de que la evacuación de la siderúrgica sea exitosa, representaría un inusual progreso en la reducción de pérdidas humanas luego de casi 10 semanas de guerra, las cuales han sido particularmente crueles con Mariúpol.
Antes de la evacuación del fin de semana, la cual contó con la supervisión de Naciones Unidas y la Cruz Roja, se creía que alrededor de 1.000 civiles se resguardaban en el complejo junto con cerca de 2.000 soldados ucranianos. Rusia ha exigido la rendición de los combatientes ucranianos, los cuales se han rehusado.
En total, alrededor de 100.000 personas aún continúan en Mariúpol, una ciudad que tenía más de 400.000 habitantes antes de la guerra. Las fuerzas rusas han convertido en escombros buena parte de la ciudad, dejando a miles civiles atrapados.
Algunos residentes de Mariúpol salieron de la ciudad por sus propios medios, principalmente conduciendo vehículos privados.
Un residente de Mariúpol, Yaroslav Dmytryshyn, llegó a un centro de recepción en Zaporiyia a bordo de un automóvil con el asiento trasero repleto de jóvenes y dos letreros pegados en la ventana trasera: “Niños” y “Pequeños”.
“No puedo creer que hayamos sobrevivido”, dijo.