Como cualquier sábado, desde temprano, los negocios abrieron sus puertas y los músicos cantaron. Por el sitio deambulaban clientes que se alcoholizaron desde la noche anterior. Así amaneció Plaza Garibaldi horas después de que tres sicarios vestidos de mariachis balearan a 11 personas frente a decenas de testigos.
Mientras los meseros atendían a los comensales y los músicos las peticiones de los enamorados, sólo un policía y su patrulla resguardaron la escena del ataque presuntamente relacionado con un grupo delictivo dedicado al narcomenudeo.
Los curiosos que paseaban por la plaza permanecieron por algunos minutos detrás del cintillo de "Precaución" que colocaron los agentes alrededor de la escena del crimen; desde tres metros de distancia miraban los objetos revueltos en la acera, la sangre y los restos de comida del local donde se registró el ataque.
Al ser cuestionados si recordaban lo que pasó la noche anterior, algunos dijeron en voz baja que cuando escucharon la ráfaga se escondieron en sus casas, otros agacharon la cabeza y caminaron con rapidez; decidieron callar por miedo a las represalias.
Algunos comerciantes recordaron el ataque detalladamente: llegaron sujetos con trajes negros, sacaron armas largas de estuches musicales y dispararon hacia hombres y mujeres que bebían en el local.
Los locatarios, para protegerse, contaron que bajaron las cortinas de sus negocios y esperaron a que el trío de asesinos huyera de la plaza a bordo de motocicletas y se alejaran entre los callejones ya despejados por los visitantes que corrieron despavoridos.
Fue hasta que un grupo de policías llegó que decidieron reabrir: "Seguimos vendiendo normal, la gente se formaba para comprar alcohol". En contraste, los habitantes de los edificios cercanos evitaron responder si conocían o no a las víctimas, una de ellas de nacionalidad salvadoreña.
La vida sigue. Un puñado de mariachis, como todos los días, ofrecía sus canciones a todo visitante "lo que pasó no tiene que ver con nosotros, eso es otra cosa, aquí tenemos que seguir trabajando", comentó un músico con traje blanco y moño dorado. "Apenas llegué y me enteré de lo que pasó, pero no tengo miedo", mencionó uno de los compañeros del grupo.
Los comercios de la calle Honduras, donde está ubicado el local que fue baleado, no tienen cámaras de seguridad, pero en la plaza y sus alrededores hay cuatro del C5; la de mayor alcance está en medio, entre el Museo del Mariachi y el restaurante "Tenampa"; la segunda justo enfrente de donde ocurrió el ataque directo. La tercera en la esquina de Plaza de Montero, a un lado del estacionamiento y una más justo en Montero y República de Perú.
La vigilancia de los policías era escasa. El agente solitario que resguardaba la escena del crimen fue acompañado de vez en vez por motopatrulleros que daban sus rondines. Ahora, dijeron los mariachis, habrá que esperar si la gente vuelve a Garibaldi para pedirles canciones.
Tras la balacera que dejó cinco muertos, el jefe delegacional en Cuauhtémoc, Rodolfo González, urgió incrementar la presencia policiaca y la coordinación con fuerzas federales.
El delegado recordó que recientemente el jefe de Gobierno, José Ramón Amieva, y el secretario de seguridad pública, Raymundo Collins, asignaron 100 policías más y 10 patrullas para resguardar la demarcación.
EL DATO
Escape.
Cámaras del C5 captaron el momento de la huida de los sicarios-mariachi, tras la agresión en una chelería. Unos sujetos llegan en tres motos, las cuales abordan los agresores, y se enfilan a Perú.