Campesinos secuestrados por cártel narran control en zonas de México

La comunidad y autoridades locales exigieron acciones tras el secuestro masivo en zona rural de Guerrero

EL BALCÓN, México (AP) — Un anciano recuerda cómo jugaban con ellos preguntando qué muerte preferían. Un adolescente, su terror a que le convirtieran en sicario porque los pistoleros decían que iban a mandar a algunos a luchar. Un hombre pidió desesperado que le dispararan para no prolongar el sufrimiento.

Estos campesinos son parte de un grupo de ocho secuestrados en El Balcón, una comunidad del violento estado de Guerrero, en el sur de México, situada en lo alto de unas montañas cubiertas de pinos. Uno de ellos sigue desaparecido.

Ellos aseguran haber sido parte de un grupo de 136 cautivos, una cifra que escucharon de un pistolero cuando pidió raciones de comida para las "ardillas", como los llamaban porque tener que llevarse ambas manos esposadas a la boca para comer.

Los cárteles secuestran a personas para someterlas, reclutarlas o castigarlas. Sus familias a veces denuncian su desaparición, pero no hay cifras claras de cuánta gente puede estar retenida por los delincuentes o cuántas personas que luego son encontradas muertas o vivas —si es que son localizadas— pudieron pasar por sus manos.

The Associated Press habló con seis de los secuestrados de El Balcón, la mayoría de los cuales pasó 22 días en cautiverio, y con una docena de pobladores del pueblo. Sus testimonios —todos anónimos por temor a represalias— ofrecen una inusual descripción de cómo operan los cárteles para controlar territorios y aportan pistas sobre el posible destino de algunos de los más de 130 mil desaparecidos de México.

Esta es su historia.

Cronología del caso

El secuestro

El 24 de septiembre, decenas de hombres armados entraron en la comunidad de 750 habitantes asentada en tierras de propiedad colectiva que forman parte de un área natural protegida, a seis horas de la ciudad más cercana por complicados caminos rurales y donde la presencia de autoridades es mínima.

Los pistoleros fueron capturando y maniatando a quien encontraban a su paso: un anciano que cuidaba el ganado con su nieto de 13 años; un adolescente que ayudaba a su tío a atender una vaca con gusano barrenador; un conductor, un productor de mezcal y dos hermanos en la veintena que trabajaban en el campo.

"Por toda la carretera había sicarios", dice el productor de mezcal.

El interés de los cárteles por El Balcón no es nuevo, pero sus residentes intentaron siempre manterse al margen de sus negocios. Décadas atrás, decidieron no cultivar amapola, base de la heroína, que enriquecía a narcotraficantes, y fueron un modelo de manejo forestal sostenible. Más recientemente, sus residentes se enfrentaron al mismo dilema que muchos pueblos mexicanos: colaborar con el cártel o huir. El Balcón, con una sólida organización comunitaria, rechazó ambas opciones.

Los atacantes se presentaron como integrantes de La Familia. Filiberto Velázquez, sacerdote y director de un centro local de derechos humanos que ayuda a la comunidad, dijo que el cártel aspiraba a controlar una ruta que conecta el centro de México con la costa sur del Pacífico, donde operan aliados del rival Cártel Jalisco Nueva Generación. El Balcón —y sus recursos forestales— se interponían en el camino.

El día de la incursión, la comunidad supo qué pasaba casi en tiempo real porque todas las comunidades de la zona forman parte de una red de seguridad que activa alertas inmediatas.

Cuando alguien avisó de movimientos extraños, los pobladores volaron un dron y todavía pudieron observar cómo los armados se llevaban a los últimos del grupo de ocho. La movilización y presión pública fueron inmediatas. Exigían acciones gubernamentales para encontrarlos. Algunos militares se instalaron en el pueblo.

Detalles confirmados

La vida diaria en manos del cártel

Los campesinos fueron trasladados a una casa con decenas secuestrados. Dormían apretujados, dice el anciano. Estaban esposados, con vendas en los ojos que solo podían levantar levemente al comer.

Primero fueron los interrogatorios —los acusaban de pertenecer al cártel rival—, luego las amenazas de quemarlos vivos, los golpes con rifles y las patadas en el cuerpo, castigos que aumentaban si les escuchaban hablar.

El calor extremo asfixiaba. El adolescente se desmayó varias veces por hambre y sed. Uno de los campesinos tuvo que beber su orina. El delirio hizo que se llevaran al que todavía sigue desaparecido. Sus amigos no volvieron a verle.

En las radios de los armados se escuchaban avisos sobre los movimientos de los militares, lo que, según cuentan, implicaba meter con rapidez a más de cien personas en camionetas donde no podían casi respirar para cambiar de escondite. Todos temían que cada vez fuera su último viaje.

A los pocos días, fueron llevados ante un jefe que les dijo lo que quería el cártel: apoderarse de sus tierras y de su madera. El gobierno, añadió, no les iba a ayudar.

"Ahí perdimos la fe, nos habíamos resignado a que íbamos a morir", comenta el productor de mezcal.

A la semana del secuestro, el cártel soltó al nieto del anciano. La comunidad interpretó la liberación como una táctica de los criminales para persuadir a los pobladores de que aceptaran sus exigencias.

El niño llegó a su pueblo descalzo después de caminar varias horas. En la casa de su abuelo encontró a familiares de los secuestrados. Dice que se espantó al ver a todos llorar y abrazarle.

Con la información que proporcionó y las pistas que recopilaron los pobladores y sus aliados, la comunidad elaboró un mapa de dónde buscar que entregó a las autoridades. Las protestas y manifestaciones exigiendo resultados al gobierno de Guerrero aumentaron.

"Él trajo esperanza", comenta orgulloso su padre.

Crece la desesperación

Mientras, en el campamento crecía la desesperación. "Entre más avanzaba el tiempo era menos la comida", dice el adolescente. Sin embargo, aumentaban los detalles de lo que allí pasaba gracias a las breves conversaciones en susurros con otros cautivos, algunos de ellos encadenados.

El productor de mezcal asegura que un hombre con acento extranjero dijo llevar retenido dos años y medio y que una mujer comentó que la capturaron como castigo porque su hijo desertó del cártel.

Los guardias decían a otros presos que iban a mandarlos a luchar. La peor pesadilla del adolescente era imaginar qué pasaría si lo reclutaban porque no tenía fuerzas para levantarse, mucho menos para aguantar el peso de un arma o el equipo táctico.

En varias ocasiones escucharon helicópteros. Un día uno voló muy bajo cuando les estaban subiendo a un camión. Tres de ellos explican que, como los pistoleros se dispersaron brevemente, levantaron sus vendas y vieron que era una aeronave de la Guardia Nacional. En pocos segundos desapareció.

En torno al 7 de octubre, un video en redes conmocionó a El Balcón. Seis de los desaparecidos en uniforme militar y esposados eran interrogados por alguien que los presentaba como miembros de un cártel rival.

Uno de los vecinos reconoció a sus dos hijos. Asumió que no volvería a verlos porque en México muchos de estos videos acaban con un disparo a bocajarro.

"Ese día nos ponen los rifles, nos están apuntando y nos dicen qué vamos a decir", dice uno de los hermanos. Ensayaron tres o cuatro veces. Ellos también esperaban el balazo. En su lugar, un jefe les informó que los iban a liberar.

Velázquez, el sacerdote, está convencido que fue fruto de la presión social que activó operativos militares porque a ningún grupo le interesa tener a las fuerzas armadas encima y ver interrumpidos sus negocios.

El día de su liberación, los seis campesinos fueron separados del grupo grande. Les arrancaron las esposas y les metieron en un vehículo. A uno le ordenaron conducir.

El adolescente dijo que esperaba que estallara una bomba o llegara una ráfaga de disparos. Los hombres avanzaban. Algunos reían nerviosamente. Entonces vieron un retén militar.

El 16 de octubre, el ejército informó en un comunicado que había localizado a seis desparecidos gracias a "trabajos de inteligencia militar".

Cuando los seis hombres fueron recibidos por sus familias, la alegría se transformó en dolor. Uno de los secuestrados dice que no paró de llorar al ver a la esposa del compañero que sigue desaparecido.

La fiscalía de Guerrero sigue investigando. Pero Velázquez, el sacerdote, presiona para que sea la fiscalía federal la que lo haga, dado el gran número de víctimas. Las autoridades no aclararon a AP si están buscando al centenar de personas que los pobladores aseguran que estaban con ellos.

Mientras tanto, en El Balcón, los hombres se reúnen por las noches para ahuyentar sus temores y pensar en el futuro. Algunos hablan de emigrar. Una noche reciente asaron carne para compartirla con los militares que llevan un mes protegiendo a la comunidad, con la esperanza de que no los dejen solos.