De migrar en busca del sueño, a vivir en la calle

Tijuana, BC.- Caminan de un lado a otro, se detienen en la contraesquina de la Catedral en Tijuana, donde una mujer aprovecha para sentarse sobre un bote de plástico sucio y cargar a su bebé, cubierto con una pequeña cobija que le hace nada a los siete grados de temperatura que golpean durante la madrugada. Ellos, como decenas de migrantes haitianos, están en la calle porque ninguno de los 24 albergues en la ciudad tiene espacio para recibirlos.

Son ocho hombres y mujeres, entre ellos un bebé de menos de un año. Llegaron la semana pasada y no hay nadie que los pueda recibir para resguardarse del clima helado. Dan un par de pasos hacia un punto y luego toman otra dirección, pero siempre hallan puertas cerradas.

El único sitio al que atinan a llegar es al mayor templo de la ciudad, la Catedral, ubicada en el corazón de Tijuana.

Desde hace más de una semana, decenas de grupos de migrantes deambulan en diferentes áreas; duermen donde la noche los atrapa, sin un techo, sobre las banquetas, entre cartones y cobijas arrumbadas, a un costado de los negocios en donde turistas —principalmente de Estados Unidos— gastan sus dólares en alcohol.

Un hombre haitiano, uno de las decenas de migrantes que llegaron a Tijuana, es testimonio de eso. Tiene una semana en la ciudad y desde entonces duerme afuera de un negocio ubicado a unos pasos de la Catedral. Dice que intentó conseguir un departamento para rentar, pero el dinero no le alcanza ni para un cuarto de hotel.

Duerme cobijado en una silla, en una de las áreas más peligrosas de la ciudad, en Zona Norte. Un amigo que habla mejor español y con más tiempo decidió irse con él para cuidarse entre ambos.

“Él no tiene a nadie, ni siquiera puede llegar a un refugio; entonces, yo, que soy su amigo, mejor vine para estar con él”, cuenta, y regresa a dormir bajo una cobija, a unas horas de que empiece una tormenta invernal.