Día de Muertos 2026 representa una de las expresiones culturales más profundas en la historia del país, al mantener viva la herencia de las civilizaciones prehispánicas.
A diferencia de las concepciones occidentales traídas tras la conquista, para la cultura mexica el destino del espíritu al morir no dependía del comportamiento moral en la vida terrenal ni del concepto del bien o del mal, sino de la forma específica en que acontecía el deceso.
Quienes fallecían por causas naturales, enfermedades o vejez debían emprender una travesía de cuatro años a través de nueve niveles subterráneos para alcanzar el descanso definitivo ante Mictlantecuhtli (el señor del inframundo) y su esposa Mictecacíhuatl.
¿Cuáles son los nueve niveles del Mictlán y las pruebas que enfrentaba el alma?
El trayecto hacia el inframundo constituía un proceso gradual de desapego físico y terrenal. De acuerdo con investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la ruta imponía pruebas severas a los viajeros:
· Itzcuintlan: El cruce del río Chiconahuapan con el auxilio obligatorio de un perro xoloitzcuintle.
· Tepeme Monamictlan: El paso coordinado entre dos colosales montañas que chocaban entre sí.
· Itztepetl: El ascenso por un cerro repleto de navajas de obsidiana.
· Itzehecayan: El tránsito por una región helada azotada por vientos cortantes.
· Paniecatacayan: Un espacio sin gravedad donde las almas flotaban sin control.
· Timiminaloayan: Un sendero en el que manos invisibles arrojaban flechas perdidas.
· Teocoyohualoyan: Un recinto habitado por jaguares que devoraban el corazón físico del difunto.
· Izmictlan Apochcalocan: La travesía por un río de aguas oscuras donde se perdían los últimos rastros corporales.
· Chiconahualoyan: La llegada al noveno nivel tras cuatro años de peregrinación, donde el alma alcanzaba la disolución e integración definitiva al cosmos.
¿Qué otros destinos existían para quienes no morían por causas naturales?
Según datos e investigaciones del portal oficial UNAM Global de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la mitología mexica contemplaba recintos alternos para muertes específicas.
El Tlalocan (gobernado por el dios Tláloc) recibía a quienes fallecían por eventos relacionados con el agua o rayos, ofreciendo un entorno de vegetación eterna.
Por otro lado, la Casa del Sol (Tonatiuh Ichan) albergaba a los guerreros caídos en combate, a las personas sacrificadas y a las mujeres fallecidas durante el parto (quienes acompañaban al astro solar antes de retornar a la Tierra convertidos en colibríes).
Finalmente, el Chichihuacuauhco resguardaba a los lactantes en un árbol del que brotaba leche, garantizando que la muerte representara una transición armónica dentro del orden del universo.