Eso que llamamos populismo

Lic. Raúl Vega Castellanos

¡Ah, si pudiéramos reemplazar de una vez las elecciones por los sondeos! ¡La república en un concurso televisivo! ¡La audiencia en un audímetro! ¡Si pudiéramos terminar con el pueblo y coronar a la plebe! Piensa el populista.

La palabra populismo ha sido empleada por tantas personas en tan diversos contextos que prácticamente ha perdido las fronteras que la delimitan. La mayoría de las veces, populismo es empleado como un término despectivo para calificar a aquellos gobernantes (o aspirantes a serlo) que buscan ganar el favor popular mediante el halago lambiscón, las falsas promesas, y el enfrentamiento entre las clases menos favorecidas y la élite.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define populismo como: tendencia política que pretende atraerse a las clases populares. Aclara a su vez que esta palabra es usada sobretodo de forma peyorativa, lo cual puede ayudarnos a limitar la gran cantidad de formas en que se ha usado. Cuando es usado en forma de vituperio, es generalmente aplicado a cualquier movimiento o líder que se comporta como una amenaza para los intereses de los grupos de poder en turno.

El populismo afirma: confianza ¡limitada en los recursos y en la capacidad del pueblo, aunada a una desconfianza hacia todo aquello que podría interpretar, desvirtuar, diferir de la libre expresión de ese pueblo que tiene un buen criterio por naturaleza. Así pues todos aquellos individuos o instituciones que pudieran interpretarle, desvirtuarle o diferir de ellos, de su ejercicio como poder público, serán considerados los enemigos del pueblo.

El caso reciente de los Estados Unidos y la elección del impertinente Trump nos permiten entender cómo funciona el populismo contemporáneo que hoy en día está en ascenso alrededor del mundo. Trump usó un lenguaje simplista, opuesto a un lenguaje culto y político; una retórica anti-elitista, opuesta a una retórica basada en las clases sociales; y un mensaje colectivista, un mensaje de “retorno a la tribu”, “make America great again”. Vale la pena citar aquí al extraordinario filósofo y politólogo Karl Popper quien, en su obra maestra La Sociedad Abierta y Sus Enemigos, menciona que, para sobrevivir como sociedad, debemos evitar cualquier nacionalismo acendrado, cualquier intento de regresar a la tribu que nos aisla, lo mismo que intenta el populismo.

El populismo se agrupa según la ideología de quien lo use. El populismo, cuando es de izquierda, busca encontrar un equilibrio en la repartición de la riqueza y las oportunidades, asumiendo que solo unos pocos se han beneficiado del sistema.

Para muestra de este tipo de modelo, que causó más estragos en nuestra América de las venas abiertas, un botón: los fiascos de la Venezuela de Chávez, la Cuba de los Castro y la Argentina del peronismo; algunas veces debido a la corrupción, otras a la impericia. El populismo de derechas, como Trump, Le Pen o la derecha conservadora, intenta mantener la desigualdad a toda costa, enfocando sus esfuerzos en satisfacer algunas necesidades de las clases populares mientras benefician subrepticiamente a las élites.

Lo que es seguro es que el populismo tiene algunas características discernióles que nos permiten comprenderlo. En primer lugar, los líderes a quienes suele tildarse de populistas, basan su discurso en la dicotomía “pueblo/anti-pueblo”. El “pueblo” representa la suma de los valores y las virtudes, es el pueblo que debe ser escuchado y hecho valer. El “anti-pueblo” es la causa de todos los males, en la política de Trump se encarna en los migrantes, en otros casos será la oligarquía o los empresarios ricos. En este caso el “pueblo” es una imagen retórica, una invocación ilusoria, lo que importa al populista es que este es el principio supremo de la legitimidad. La voluntad popular permite saltarse así al rigor de la ley y siembra el camino para la tiranía y el absolutismo.

La segunda característica del populismo es la ausencia de programas de implementación de sus ideas en concreto. Como dijo el falangista español José Antonio Primo de Rivera, “mis ¡deas son demasiado ambiciosas como para intentar apresarlas en un programa”. Es frecuente que se encuentren llevados por los deseos más ardientes de salvar a un país, pero carecemos de evidencias para su acción en el terreno doméstico, internacional y económico. Quieren cambiarlo todo, están en contra de todo lo que está mal. Para sus fervorosos seguidores lo que importa es que los deseos se fundamentan en el interés del Pueblo.

Su llamamiento emocional sobre el pensamiento racional es la tercera característica. Apelan a la acción, su mantra predilecto es “menos palabras, más acción”, analizándolo de cerca vemos el real objetivo de estas imprecaciones: no se trata de que las personas piensen y deliberen sobre lo que ha de hacerse, se trata de que hagan como se les dice. Se trata de que entren nuevos grupos a las arenas políticas buscando su favorecimiento.

En cuarto lugar tenemos que usan el término democracia de forma ambigua y esquiva. El concepto de democracia tiene al menos dos acepciones: la liberal, como un sistema institucional que garantiza la participación de las distintas fuerzas y opciones políticas en términos iguales; la segunda, más etimológica, es “el poder del pueblo para el pueblo”, un sistema cuyo objetivo es la igualdad social y el favorecimiento de los más débiles, escenario este en que se entra de lleno a una situación utópica que busca dar a todos por igual y no dar a cada cual según lo que merece.

La existencia de un líder que más bien parece caudillo o redentor es otra más de sus peculiaridades. Este líder goza de una conexión especial con el pueblo, una conexión directa que no necesita de ninguna elección, de ningún sondeo, es clara y debe prevalecer, es el pueblo quien tan evidentemente lo quiere y demanda. Hay que observar que entre las virtudes de este mesías no está el saber. El anti-elitismo del populismo es en el fondo también un anti-intelectualismo y un anti-tecnicismo. No es un rasgo modernizador, parece más bien una rancia herencia del paternalismo monárquico o del mesianismo religioso.

Todos los movimientos populistas florecen en un contexto institucional muy ajado, en que todos los mecanismos de la política y sus representantes están en niveles del desprestigio abiertamente vergonzosos e inauditos.

Los anteriores puntos nos llevan a ver que los populistas virtuosamente anuncian sistemas políticos podridos y completamente decadentes que necesitan ser mejorados, flexibilizados y saneados; actúan al mismo tiempo como revitalizadores naturales del escenario político al invitar a nuevos actores a la palestra, nos hacen pensar: difícilmente serán peores que los ya conocidos. Pero, son ellos también políticos. Quieren el poder. Y cuando se hacen con él, la historia nos demuestra, que comienzan a buscar maneras de permanecer en él a toda costa. Su lógica es, la verdad, impecable: si el poder es ahora del pueblo, ¿por qué limitarlo? ¿Quién y en nombre de quién puede oponerse a la voluntad del pueblo?