Las indígenas que recuperaron la tradición textil por sus ganas de ir a Nueva York

MADRID (EFE).- Margarita Torres Aragón apenas tenía quince años cuando comenzó a escarmenar (cardar) lana de borrego en el municipio indígena de Hueyapan. "Yo me enojaba cuando mi mamá me decía 'Ándale, ayúdame'", reconoce. Sin embargo, hoy no puede imaginar su vida sin el telar de cintura y el teñido de hilos. 

Pese a que la artesanía textil siempre fue una tradición ancestral en esta comunidad ubicada en las entrañas del estado de Morelos, la dificultad de vivir exclusivamente de su venta y "la falta de interés por parte del gobierno" forzaron a la población a buscar otro método de obtener dinero y a migrar así hacia la agricultura, según relata a Efe Torres en una entrevista en la Casa de México de Madrid. 

En cambio su madre, la maestra artesana Doña Cirila Aragón, "nunca se dio por vencida" y siempre mantuvo a su familia con la venta de productos hechos a partir de la fibra de lana. Tal fue su obstinación que no solo creó en 2012 el primer "grupo" (cooperativa) de artesanías llamado Kosamalotl (arcoíris en dialecto náhuatl), sino que pronto llevó sus piezas a la Gran Manzana en el marco del evento "Morelos en Nueva York".

"Cuando mi mamá se fue a Nueva York, la comunidad se dio cuenta de la importancia de nuestra artesanía en el mundo, porque todos queríamos ir a esa ciudad. La gente se entusiasmó tanto que comenzaron a formarse nuevos grupos hasta hoy", reflexiona entre risas, al tiempo que reconoce que ella fue una de aquellas mujeres que, atraídas por los viajes de su madre, comenzó a encontrarle el encanto a lo que hacía "por necesidad". 

"Yo me casé muy pequeña y no sabía hacer otra cosa más allá de los hilos y tejer. Tenía 18 años", recuerda.

UN PROCESO LARGO Y POCO RENTABLE

Actualmente, Torres forma parte del equipo de nueve mujeres que mantienen con vida Kosamalotl: cuatro de ellas son de la tercera edad y el resto de "nueva generación". No obstante, vivir de su venta sigue siendo un imposible. 

"Si vendemos dos o tres piezas al año, decimos que nos fue súper bien. Por eso, la mayoría de nosotros vivimos de la agricultura o del comercio con otras cosas, como por ejemplo yo, que proceso carne, pollo y cerdo", lamenta. 

Al mismo tiempo, Torres admite haberse visto obligada a buscar métodos que abaraten el proceso productivo porque "es muy largo" y por cada pieza, si se sigue el procedimiento completo, "se puede tardar más de un año, y no compensa". 

"Primero trasquilamos (cortamos) la lana, después la lavamos con pequeños golpes sobre el río para que se le quite la grasa. Después la cardamos, hacemos hilo con un malacate (palo con una pequeña piedra de barro que da forma al hilo) y la teñimos con pigmentos naturales", explica.

Después -continúa con el proceso-, "pasamos al urdimbre donde pensamos el tamaño y diseño de la pieza, lo almidonamos con masa de maíz, se deja al sol por medio día y de ahí se lleva al telar, donde se comienza a hacer la tela que después se volverá a lavar".

LA MAGIA DEL AÑIL 

Aunque Torres conoce todo el proceso, su especialidad es el teñido del hilo. Para ello recolecta desde septiembre hasta noviembre cortezas de árboles, flores silvestres e incluso insectos como la grana cochinilla que para los cultivos constituyen peligrosas plagas. 

"Para quien cultiva el nopal es horrible, pero para nosotras es lo mejor, porque de ella sacamos colores rosados, vinos, pastel y naranjas", apunta. 

Uno de los secretos de Hueyapan es la prehispánica tradición de teñido del añil, el color más costoso y difícil de conseguir si se sigue la receta de sus ancestros. Tanto es así que, hasta hace treinta años, solo las mujeres más pudientes podían llevar el chincuete (faldón típico del municipio) de color añil. 

Para lograr este color, las familias usan un "agua fermentada desde hace mucho tiempo que va pasando de generación en generación" y cuyos componentes son desconocidos para los locales en la actualidad. 

"La compusieron los abuelos de los abuelos y nosotros solo la vamos alimentando con agua de maíz. No tiramos ni una sola gota, porque sin ella no podemos teñir el azul", precisa.

Sin embargo, según explica Torres, paradójicamente, esta "agua podrida" no solo requiere de mucha higiene, sino que además exige mucho respeto por parte de quien la trabaja.

"Al ser agua fermentada de mucho tiempo atrás, cuando se calienta suelta olores muy feos. Mi mamá siempre decía que si no te gustaba el olor, que te fueras. Yo pensaba que era una leyenda, pero ahora lo entiendo. Si le haces el feo al olor, se enoja y no tiñe", concluye la joven, mientras admite haber sufrido esta maldición.