Lic. Raúl Vega Castellano
En la actualidad se ha dicho que vivimos en la era de la posverdad, esto significa que las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias, temores o deseos del público. Por lo tanto es la era del engaño y la mentira, es la masificación de verdades falsas y la facilidad para que estas prosperen. El concepto ha tomado gran fuerza desde la campaña presidencial del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la propuesta del Brexit en la Unión Europea.
La idea podemos rastrearla al período soviético de la Normalización en que la Oficina Gubernamental de Prensa e Información de la URSS emitió la siguiente instrucción a los medios de comunicación: “no emitir nada que pueda dar la impresión de crítica a la Unión Soviética, o a los Estados del Pacto de Varsovia y sus ejércitos. No emplear la frase de “ocupación de Checoslovaquia”, no informar acerca de las acciones del Consejo de Seguridad de la ONU, no transmitir información alguna sobre los daños causados por los soldados soviéticos durante su estancia en este país, ni tampoco sobre los muertos y heridos”. La palabra fue por primer vez usada por el periodista y académico estadunidense David Tesich mencionando que tras escándalos como el Watergate, el Irán-Contra o la Guerra del Golfo “el público, como seres libres, hemos decidido libremente que queremos vivir en el mundo de la posverdad”. Fue recientemente incluida en el Diccionario de la Real Academia Española que la define como “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. La posverdad falsifica la verdad al convertirla en algo de importancia “secundaria”. La “política de la posverdad”, en este sentido, hace referencia a un discurso político que apela más a la emoción que a los datos. Y que descree de los argumentos basados en datos, ofreciendo como respuesta “datos alternativos”. Trump ha sido llamado por diarios como el New York Times, Los Angeles Times y el Washington Post como “el político de la posverdad”, incluso es ya famoso por enfrentarse con la “prensa liberal” presentando sus propios datos. Para el filósofo y comunicólogo mexicano Fernando Buen Abad la posverdad no permite rumores falsos, todo es verdad mientras sirva para corromper la realidad. La posverdad destruye el rol del Estado, hace invisibles la represión y el crimen, además de ocultar fraudes electorales de todo tipo. La posverdad ha encontrado su nicho de mayor auge en las redes sociales que son usadas por especialistas en imagen pública, comunicación e ingeniería social con el fin de manipular la opinión pública. En una entrevista con Proceso, el filósofo y autor del libro “El arte de dudar”, Óscar de la Borbolla, menciona que “en las redes sociales el nivel de criterio es excepcionalmente bajo; ahí una mentira se multiplica y extiende, demostrando la ingenuidad, desinformación y falta de juicio del público”. Dicha mentira debe contener un alto grado de verdad para resultar creíble y con frecuencia la posverdad se vale de algunos mecanismos.
El primero es la insistencia en la verdad falsa, pese a ser contradicha por fuentes fiables; la segunda es la desacreditación de los detractores de la mentira verdadera. Existe un tercer mecanismo que es más sutil: la mayoría de las personas usan fuentes de información dudosas y sesgadas, sin rigor crítico periodístico, sino en miles de páginas web y redes sociales como Facebook y.Twitter. De esta forma es que Donald Trump hizo creer a miles de norteamericanos que Barack Obama es un musulmán nacido en el extranjero y millones de británicos se convencieron que con el Brexit el Servicio Nacional de Salud dispondría de la astronómica cantidad de 350 millones de libras semanales adicionales.
Con esto se ha llegado a la paradójica situación de que la gente ya no se cree nada y a la vez es capaz de creerse todo. Según el sitio web Politifact, ganador del premio Pulitzer, dedicado a la verificación de declaraciones de políticos norteamericanos, el 70% de las declaraciones de Donald Trump durante su campaña presidencial fueron falsas. Para sostener lo insostenible se requieren métodos potentes, un ejemplo son las eficaces técnicas del silencio como la insinuación: se dice una parte comprobable del mensaje pero se omite una igualmente verdadera; por lo tanto no hace falta usar datos falsos, únicamente habrá que sugerirlos y las conclusiones a las que el público arribe serán imparables.
Otro método es la suposición y el sobrentendido que se crean a partir de antecedentes que han reunido todos los requisitos de veracidad y se proyectan sobre circunstancias que reúnen solo parcialmente los requisitos. Por ejemplo ante el escándalo de los “papeles de Panamá” acusando a un grupo de personas de evadir impuestos teniendo cuentas secretas en Panamá, se ha terminado por asociar una cuenta en Panamá a un delito. En la era de la posverdad se ha llegado a una inversión de la relevancia ya que no siempre se tienen hechos relevantes por los cuales atacar a un adversario, centrándose entonces en hechos muy secundarios convirtiéndolos en relevantes: las costumbres personales, la vestimenta, el carácter de una persona, un comentario en un libro o un artículo...así, lo opinable o subjetivo de dichos aspectos se presenta como algo noticioso y objetivo.
El mundo de la posverdad es un espectáculo en el que todos fingen que les importa la verdad, pero que ciertamente no se trata de la verdad, sino de tapar el gran vacío de la irrealidad con discursos que afirman el poder y la diferencia. Lo cual es otra gran ilusión, porque a final de cuentas los políticos no tienen ya el poder de hacer cambios “verdaderos” o significativos, el poder está en las corporaciones y cada vez más en el mismo sistema financiero y en los sistemas informáticos. La visión de un mundo polarizado entre diferentes ideologías, partidos y políticos es una visión simplista, de una narrativa clara, en un mundo demasiado complejo en el que las narrativas se han dislocado. La política actualmente asume mayormente un papel de entretenimiento en el balance del poder global. Distraer para que las cosas sigan igual y no sea necesario enfrentar la impotencia. Este entretenimiento, por supuesto, como las películas más taquilleras, está cargado de miedo, horror, comedia, intriga y controversia y demás sensaciones que mantienen al espectador cautivo.