¿Qué piensa una abeja?

Pensábamos que las abejas eran solo laboriosos insectos útiles para producir miel o polinizar cultivos, como diminutos robots voladores. Pero recientes investigaciones han demostrado las increíbles capacidades que posee la pequeña, aunque compleja mente de cada abejita. El Dr. Lars Chittka, biólogo, de la U. Queen Mary, en Londres, lo explica en su libro “La mente de una abeja” (“The mind of a bee”). 

¿Qué necesita el cerebro de un insecto para considerar que posee una mente que resuelve problemas, percibe el mundo y siente emociones? El Dr. Chittka afirma que, sin importar el tamaño, o el número de neuronas; un cerebro posee una mente activa y sintiente cuando puede:   

Integrar información sensorial (visual, auditiva, olfativa etc. para tomar decisiones) 

Crear un mapa mental de objetos en un ambiente, para desplazarse. 

Acumular memoria personal de experiencias, aprender.

Poseer estados emocionales y sentimientos, asociados a hormonas o neurotransmisores específicos detectados, como en los humanos.

Poder resolver un problema nuevo y conseguir un resultado deseado.

Estos requisitos se han confirmado en abejas, abejorros y otros insectos mediate experimentos controlados en laboratorio, así como por observación directa en su vida silvestre. 


La edificación de un nido de termitas debe cumplir las mismas leyes de física, ingeniería y arquitectura que la construcción de una catedral de los humanos. De algún modo los insectos hacen lo correcto.  

  Las abejas realizan complejas acciones, como construir panales perfectos, con celdas hexagonales precisas; donde almacenan miel, polen, o la reina deposita un huevo que cuidaran minuciosamente las jóvenes abejas obreras. Para encontrar néctar, agua o polen las exploradoras vuelan kilómetros orientándose con el Sol; utilizando su visión a color, que además percibe el ultravioleta; obteniendo información de las flores, por diseños en ese color que no vemos los humanos.    

En un clásico test de resolución de problemas, coordinación y aprendizaje. Un abejorro debe jalar una cuerda para obtener una recompensa de agua con azúcar. Cuando uno lo hace, los demás que observan, aprenden y lo repiten en equipo. Los resultados del experimento son similares a los encontrados en mamíferos y aves sociales. Si esta transmisión de conocimientos adquiridos se pasa de generación en generación lo llamamos cultura. 


En un experimento los abejorros aprenden a jalar recipientes con miel.  Otros aprenden a hacerlo tan solo observando al compañero. 

Explica el Dr. Chittka en su conferencia en el Inst. de Neurobiología de la UNAM. (Puede verse en YouTube) … “Estamos rodeados de pequeñas y complejas mentes, que sienten, trabajan, deciden, disfrutan, sufren… no necesitamos viajar a las estrellas para conocer extraños seres inteligentes y con emociones. Sin embargo, los despreciamos, o destruimos por desconocimiento de la biología que nos rodea”.  Concluye el científico. 

Estos y otros descubrimientos en neurofisiología postulan la existencia en la mente de los animales, de un simple modelo o proceso neuronal generalizado, (similar a un algoritmo o aplicación de informática básica) de percepción y sensación de individualidad. En un medio complejo, esto daría sentido adaptativo al diverso flujo de información sensorial y temporal. El cual habría evolucionado en forma convergente en diferentes phyla o categorías taxonómicas de animales.   

El hallazgo que los insectos pueden aprender, recordar y sentir ha recibido controversias. Recordemos que esto es evidencia científica, no una opinión personal o filosófica cambiante.

Ninguna persona se siente ofendida si se dice que el aparato respiratorio de las aves es mejor que el humano o que el hígado de un tiburón funciona mejor. Sin embargo, el apenas sugerir que los animales poseen sentimientos y emociones, afecta muchas creencias populares, causadas por ignorancia pues contradice la innecesaria vanidad humana de considerarse la única especie elegida, tan empleada por lideres religiosos o políticos para convencer adeptos.  

Contradictoriamente, desde hace unos años, hemos constatado el exterminio de miles de colmenas de abejas por los extremadamente nocivos pesticidas agrícolas. Uno de ellos el Chlorpyrifos, se ha prohibido en California por haberlo encontrarlo relacionado con daño cerebral en niños. (John Rogers, San Diego Union Tribune oct. 11, 2019). De hecho, ya no vemos tantos insectos cuando viajamos por las carreteras.   

Los potosinos se olvidan cada vez más de la naturaleza, destruyen o gastan en mandar a destruir a avispas inofensivas que controlaban orugas y otras plagas verdaderas que acaban con los cultivos. Las instituciones encargadas de la conservación ecológica en México deben salir de su bajo perfil, cómplice y difundir la verdad, sobre lo que ocurre con el patrimonio ecológico de los mexicanos. La ignorancia sobre la flora y fauna en el país es enorme. Los enjambres de las definidas sintientes abejas o avispas no son peligrosos; los insectos que realmente matan gente, son los moscos al trasmitir Malaria, Dengue, Zika… Sin embargo, no hay acciones para evitar fugas en los riegos de los parques ni acumulaciones de agua de lluvia en los cacharros en las azoteas y patios donde se reproducen los zancudos. Pareciera que nunca vamos a poder soportar una relación de sustentable equidad con la naturaleza, en lugar del abuso y saqueo de recursos, basado en arrogancia, total indiferencia de autoridades responsables y crueles prejuicios de nuestra raza humana contra otras especies definidas como “inferiores” que no tienen voz.


Por medio de una danza, una abeja exploradora comunica a las demás la dirección, distancia, cantidad y tipo de flores que ha encontrado. Por este descubrimiento Karl Von Frisch ganó el Premio Nobel.