El pasado 11 de septiembre se conmemoraron dos eventos trágicos, uno en 1973, con el derrocamiento del entonces Presidente de Chile, Salvador Allende, auspiciado por un gobierno estadounidense que, 28 años después, en 2001, paradójicamente, se dolería de ser víctima de lo mismo: de una suerte de terrorismo de Estado, presuntamente promovido, en este último caso, por el gobierno “Talibán” de Afganistán, en contra del vecino país del norte. Sin embargo, el entonces presidente gringo, George Bush, preparó la justificación de las acciones bélicas por venir como “la primera guerra del siglo XXI” y ampliando la ubicación de su objetivo como “el combate al terrorismo mundial y a los países que lo apoyen”, en una declaración de guerra de todos y contra nadie, más bien a todo lo que se moviera en contra de los intereses, señaladamente financieros, de los grandes capitales gringos. Guardadas las proporciones, algo similar a lo narrado por García Márquez en “Cien años de soledad”, con Francis Drake matando caimanes a cañonazos en los alrededores de Macondo, para enviarlos después a la reina Isabel, a falta de un adversario contra el cual utilizar esas armas.
El asunto de fondo, pues, el comercio internacional de armas y la reactivación de la economía estadounidense, pretextando el combate del fundamentalismo de corte religioso islámico con otro fundamentalismo anclado en la ideología del libre mercado y el capitalismo más depredador que conocemos, cual lugar común, como neoliberalismo; un dizque choque cultural civilizatorio que hiciera célebre Samuel Huntington. Como bien se observara en aquel momento, la situación parecía más cercana a la imagen que delineara Kafka en su obra “América”, donde la Estatua de la Libertad de la ciudad de Nueva York no sostiene ya una antorcha, sino una espada. La paradoja: en los ochenta el gobierno estadounidense pretextó el apoyo a la guerrilla afgana, dizque para instaurar la democracia entendida como dique al comunismo, llegando al extremo de comparar ese intervencionismo imperialista con las acciones de los “padres fundadores”, según el entonces presidente Ronald Reagan, apoyando a Osama Bin Laden y compañía que, después, hasta socio del negocio petrolero con Bush sería, pero que caería de la gracia gringa.
La implantación de una peculiar democracia liberal, ha sido uno de los argumentos que más ha esgrimido el gobierno estadounidense para intervenir en diversas regiones del mundo y propiciar, con ello, el ejercicio de gobiernos afines o aliados a sus intereses económico-políticos; sin embargo, la peculiaridad de esa presunta democracia liberal ha descansado más en principios de orden pragmático desde hace rato, sobre todo desde que, en aquel momento, se cayera justamente el sistema electoral gringo para favorecer la llegada de Bush a la presidencia, erosionando gravemente la legitimidad de las instituciones del gobierno interior estadounidense, sin contar, por otra parte, con la cuestionable contaminación de intereses económicos ligada a la suerte de las grandes corporaciones del petróleo y las finanzas. Nada más como botón de amplia muestra: ¿se acuerda de la crisis del mega-corporativo Enron? De las violaciones a los derechos humanos que siguieron, por ejemplo en Guantánamo y Abu Ghraib, ya ni hablamos. En fin, conmemoración del sacrificio de las víctimas… y muestra de un imperialismo que, a pesar del tiempo, se mueve.