14 de agosto

Hay fuegos que no se apagan, aunque se consuman. El de las velas de Santa María del Río es uno de ellos. Cada 14 de agosto, cuando el cielo potosino empieza a teñirse de ese naranja que anuncia la tarde, el pueblo de abajo del municipio de Santa María del Río se prepara para hacer lo que ha hecho durante generaciones: sacar a la calle su cera, su música, su fe, y entregárselas a la Virgen de la Asunción. Quiero contarles esta historia, como se cuentan las cosas que importan. Porque lo que ocurre en el marco de la Feria Regional del Rebozo no es solamente un desfile bonito para las fotografías, ni un espectáculo más para el calendario turístico. 

Cuentan los que saben de estas cosas que Santa María del Río nació de un encuentro: el de los otomíes, tejedores incansables, y los guachichiles, gente de monte y de camino. La geografía los separó desde el principio en dos mitades, el pueblo de arriba y el pueblo de abajo, y esa frontera, que pudo haber sido motivo de distancia, se transformó con el tiempo en otra cosa: en una competencia amorosa, en una manera de quererse compitiendo. Cada barrio quiso siempre llevar la cera más bella, no para vencer al otro, sino para no quedarle mal a la Virgen que los mira a ambos con el mismo cariño. Así nació, entre el mestizaje colonial y la fe indígena, la costumbre de la cera escamada. 

Para la comisión de los hombres del pueblo de abajo, la entrada de cera no es un compromiso, es una identidad. Es la manera en que, año con año, un barrio entero se reconoce a sí mismo y le dice al resto del municipio: aquí seguimos, aquí estamos. Porque esta entrada no es solamente una tradición religiosa es una forma de decir quiénes somos, de dónde venimos, y que no pensamos dejar que esto se pierda entre el ruido de un mundo que corre demasiado rápido para detenerse a mirar cómo se hace una cera. Las y los habitantes del pueblo de abajo cargan sobre los hombros no solamente estructuras de madera cubiertas de cirios: cargan la responsabilidad de que esta historia siga viva un año más.

Cuando el carro alegórico avanza por las calles, no va solo. Va cargado de manos que lo construyeron durante semanas, de ideas que se discutieron en las tardes después del trabajo. El carro alegórico es como un espejo rodante donde el pueblo se mira y se reconoce, donde cada uno que lo ve pasar puede señalar y decir con orgullo: eso lo hicimos nosotros. Por delante de él, la procesión se despliega como una serpiente de luz. Las bateas con la cera avanzan lentas, casi con reverencia. No hay prisa, hay devoción, que se toma su tiempo porque sabe que lo que se está ofreciendo merece ser llevado con calma.

No hay entrada de cera sin banda. El viento de las trompetas y el golpe del tambor son, en este pueblo, casi otra forma de rezar. La música no acompaña la procesión: la sostiene, le da ritmo al paso de quienes cargan las velas, y convierte lo religioso en algo que también se puede bailar, como lo hace Sarita, la más pequeña de la casa, cada que la escucha. Cuando cae la noche, cuando la cera ya ha sido entregada y las bateas descansan frente al templo, el cielo se abre en pirotecnia. Los cohetes truenan como si quisieran que hasta el cielo se entere de que aquí, en este pueblo, la fe sigue encendida. 

Les escribo esto no como quien informa un evento, sino como quien invita a un amigo a sentarse en su mesa. Si el 14 de agosto tienen la oportunidad de venir a Santa María del Río, no vengan solamente a ver, asistan a sentir. Párense en la calle cuando pase el carro alegórico y dejen que la música les entre por el alma. Miren de cerca esas ceras escamadas, esas flores hechas de un material que se derrite con el calor pero que, mientras dura, es capaz de sostener toda la fe de un pueblo. Escuchen a los hombres del pueblo de abajo contar por qué lo hacen con esa mezcla de orgullo y humildad que solo tienen quienes saben que están haciendo algo más grande que ellos mismos.

Esta invitación es humana, a no dejar solas las tradiciones que sostienen la identidad de nuestros pueblos, a no permitir que se conviertan en fotografías de un pasado que ya no nos pertenece. Porque las tradiciones, como la cera, se consumen si nadie las alimenta. Lo que hoy sostiene el pueblo de abajo con sus manos, con su música y con sus fuegos artificiales, es también nuestro, si decidimos acompañarlo. Próxima colaboración: 26 de agosto de 2026.

@jszslp