Poco a poco me he ido transformando en una escéptica de las malas noticias así como de aquellas con tinte político, ello después de años de seguir con serio interés a través de las opiniones de analistas, comunicadores y notas de políticos y politólogos, el rumbo que el mundo parecía tomar.
Me cansé de buscar esperanzas en sus promesas o en los pronósticos de encuestas que se traicionan a sí mismas con las excusa de fallas en el sistema o en el método elegido para emitir lo que el oráculo les susurró al oído, solo momentos antes de los primeros anuncios del IFE ahora INE.
Es un sano escepticismo fruto de chascos, desilusiones y mitos de los que nos hemos nutrido la mayor parte de los ciudadanos. Esa esperanza que es el talón de Aquiles que los hacedores de campaña aprovechan para apelar a nuestras necesidades más apremiantes así como a las emociones que las acompañan.
Ávidos y jóvenes, los votantes hemos ido a las urnas en cada una de las elecciones pensando que había llegado el momento ciudadano. Ese momento en el que por fin seríamos la mayoría –pensante y razonante- quien elegiría a su líder y prócer.
Pero nos hemos ido en el sueño del opio. Y habiendo comido de la mano de los productores de diferentes productos propagandísticos, volvemos a tomar por propia voluntad, la carnada en una y otra ocasión sin que seamos capaces de discernir una forma de hacer valer nuestra opinión y nuestros derechos. Así, aceptamos cada trienio o sexenio, un mal que cada vez parece menos necesario.
Y como somos un pueblo que prefiere conformarse que envalentonarse, bien porque valoramos una “paz” que se come cada vez más cara, bien porque nuestro ADN no está estructurado para la lucha organizada no llegamos a mucho.
Nuestra memoria celular no tiene ni la más remota idea de lo que esto significa. No nos constituimos ni para cuidar la colonia, ni para organizar la basura o para implementar mecanismos de civilidad que nos reditúen en una buena vecindad. Mucho menos para tener un frente común que trascienda los intereses personales o de elites de poder económico mafioso o de dudosa honestidad. Por ello estamos solos en está labor y quizá solo las grandes tragedias como el reciente terremoto, sacan ese héroe ciudadano que cada mexicano lleva dentro.
La buena noticia es que al dejar de creer, nos hacemos responsables de nuestro destino y cada vez lo dejamos menos en manos de quienes dicen defender nuestros interese – léase Congreso o Legislaturas u otras figuras de la jerga que el Sistema nos ha dado desde niños; razón por la cual hemos dejado de razón el significado que las mismas conllevan.
Ese escepticismo tardío tiene sus recompensas: no hay frustración por promesas que no se concretan y hay una gran salud interna que protege del nocivo efecto que éstas producen en la psique y en nuestro cuerpo.
Sin una propuesta o un consejo de por medio inicia mi año y el de todos ustedes. Cada uno elige cómo participar y hasta que punto hacerlo sin que ello quiera decir qué hay una apatía por el social. Solo que no se pude seguir transitando por la vida con la ingenuidad que nos caracterizaba a las generaciones nacidas en el siglo XX.