2019

Todo principio de año es ocasión para renovar la esperanza y esto aplica también en la práctica política, sobre todo en un país tan lastimado como el nuestro. Así, bien podría uno preguntarse: “¿año nuevo, vida (política) nueva?” La interrogación, desde luego, tiene que ver con un inevitable escepticismo que dejan, sobre todo, dichos y actos de los últimos días de 2018, como los relacionados, por ejemplo, con el fatídico accidente aéreo en el que perdieron la vida Martha Erika Alonso, ex-gobernadora de Puebla, y su esposo, también ex-gobernador poblano, Rafael Moreno Valle. La pretensión de lucrar políticamente con esa tragedia, por parte de quienes no digieren aún el cambio de régimen político iniciado por el nuevo gobierno federal, no sorprende. Es explicable, porque forma parte de un estilo de hacer política por parte de personeros del viejo régimen -y que un conspicuo panista (Santiago Creel) bautizara con el célebre término de “sospechosismo”-, pero de ninguna manera se justifica, por lo menos no hasta ahora, porque si algo ha mostrado el presidente AMLO es la posibilidad de revisar todo lo que genere controversia.

Sin embargo, en el recuento de lo acontecido los últimos días de 2018, hay más motivos para la esperanza que para un desencanto súbito. En todo caso, aún y cuando es temprano para evaluar el derrotero seguido por el actual gobierno, es destacable que se estén retomando principios de política pública que reivindican la imagen de un poder estatal que mucho se había devaluado. Así, en política exterior, la postura de no avalar el cercamiento económico-político al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, recupera los principios que en esa materia (no intervención, autodeterminación de los pueblos) están consagrados en la Constitución Federal y que, antaño, al ser promovidos por nuestro país frente a los excesos imperialistas, merecieron el reconocimiento de no pocos países en el mundo. Lamentablemente, los últimos gobiernos “prianistas” hicieron gala de todo lo contrario, llegando a extremos de vergonzoso “lamebotismo” hacia los intereses geopolíticos del gobierno gringo y sus agentes económicos, sobre todo con las posturas de Fox y Peña Nieto que, “más papistas que el Papa”, terminaron por dar “pena ajena”.

También es de destacar la determinación de enfrentar el saqueo de “Pemex”, vía el “huachicoleo” que se venía promoviendo desde el propio poder público y que ha sido el sello de la más grave corrupción institucional de los gobiernos “prianistas”. En todo caso, se trata de recuperar el poder del Estado mexicano para enfrentar, con éxito, esa grave excrecencia de la corrupción que corresponde a lo que un clásico denominara como “la putrefacción de lo estatal” y que implica barrer con las viejas mediaciones que han propiciado ese alejamiento del Estado con la sociedad. Por supuesto que no se trata de un proceso exento de sobresaltos y contratiempos, porque el poder de la perversa mediación e influencia alcanzado por multiplicidad de poderes fácticos no es cosa menor y habrá resistencias muy propias de quienes temen perder sus privilegios. Pero la expectativa es alentadora y, en el caso particular del saqueo a “Pemex”, parece que no hay marcha atrás y es de esperarse que eso mismo ocurra en todos los niveles donde ha campeado la corrupción de la empresa paraestatal.

En todo este proceso, pues, resulta fundamental el acompañamiento e involucramiento de la sociedad mexicana con el nuevo gobierno federal, precisamente para impedir que los intereses de facción que se oponen al cambio nacional se puedan reciclar, incluso dentro del propio aparato estatal, toda vez que la capacidad de infiltrar y corromper está más que probada, sobre todo cuando el grado de putrefacción estatal alcanza niveles “ad nauseam”; tal y como, por cierto, se ha ventilado en estos días (con las reservas del caso) en el juicio que se sigue en una corte estadounidense a Joaquín Guzmán Loera, donde se ha señalado que la corrupción del crimen organizado llegó a niveles insospechados, alcanzando a personajes del primer círculo de los últimos gobernantes “prianistas”. Por todo eso, es de resaltar -y esperar- que el nuevo gobierno federal, encabezado por AMLO, siga dialogando con la sociedad mexicana y escuche sus distintas voces y reclamos, alentando el ejercicio cotidiano de una democracia participativa que no puede soslayarse y, menos, dejarse en manos de unos “pocos, para pocos y por poco tiempo”, como dijera otro clásico.