Bienvenido 2024, cargado de múltiples definiciones, sobre todo políticas, así como de esperanza renovada en que las cosas seguirán mejores, sobre todo para los que, históricamente, padecieron el olvido y el abuso de personeros de un viejo sistema político que, únicamente, velaba por intereses minoritarios de ciertos grupos de poder económico. En 2024 tendrá lugar la elección concurrente en la que se renovará ña titularidad del poder ejecutivo federal, escaños senatoriales y de diputaciones federales, además de congresos locales y presidencias municipales. A diferencia de lo que ocurrió en 2018, cuando se concretó una larga lucha socio-política por democratizar desde abajo el país, ahora se juega la continuidad y consolidación de ese logro que se conoce como Cuarta Transformación. La gran lección del 2018 es que la esperanza en un cambio positivo en las instituciones es factible más allá de cualquier connotación utópica, así sea que se trate de un proceso de largo aliento. Aquí lo hemos comentado antes, la esperanza es una suerte de postulado que permite orientar acciones, combinando paciencia y prisa de acuerdo a las circunstancias, una espera con ansia, según el sugerente “principio esperanza” de Ernst Bloch.
El tiempo largo de la esperanza, planteaba Bloch en su clásico texto titulado, precisamente, “El principio esperanza”, en términos de una paciente confianza de la humanidad en sí misma para superar los acontecimientos más traumáticos que se presentan en la vida, no sólo personal sino colectiva. Una suerte de postulado, decíamos, que sirve de orientación cuando parece que las puertas y salidas se cierran y todo se reduce a cierto tipo de sueños que, aunque parezcan inalcanzables, se despliegan de día para que no se conviertan en pesadillas. Lo reflexionado por Bloch, en medio de un ambiente propicio para el pesimismo que se respiraba en la Europa de entreguerras, en el siglo pasado; un tipo de pensamiento, compartido por otros grandes como Walter Benjamin y Antonio Gramsci, que puso de relieve una elocuente preocupación por la suerte de todos, especialmente de los más débiles, de los oprimidos. El pueblo, como bloque social de los oprimidos, observaría Gramsci, así como Benjamin con su cuestionamiento a la modernidad depredadora de un cierto tipo de progreso, serían algunos de los complementos necesarios para mostrar la capacidad de la humanidad para, incluso, “meter freno a la locomotora de la historia”.
Una muestra cercana a lo que se plantea líneas arriba, es el cumplimiento de los 30 años de irrupción del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) en la vida pública nacional, aquel 1 de enero de 1994. Fue en su inicio un levantamiento armado que transitó con una enorme capacidad discursiva y estratégica a un movimiento pacífico, con postulados éticos que se referían a la necesidad de preservar la vida, la cultura, las tradiciones y los medios y modos de sobrevivencia digna de los pueblos y comunidades indígenas, más allá de la visión clientelar y demagógica de gobiernos como el de Salinas, que cacaraqueaban una modernidad excluyente para la mayoría de los sectores productivos del país, con un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá que entraría en vigor ese mismo año y que no auguraba nada bueno para los más pobres y olvidados. La historia que siguió es harto conocida y confirmó el límite al que había llegado el viejo sistema político. En fin, lo que interesa destacar es que, cada inicio de año es oportunidad de renovada esperanza, en este caso, de que 2024 será de consolidación de una transformación institucional largamente esperada y empujada por la mayoría de la población.