3 Mundiales 3

La identidad de un país no se escribe con una sola tinta. Hay ocasiones en que tres historias, nacidas desde geografías y disciplinas distintas, terminan por trazar una misma caligrafía. La reciente actuación del matador Isaac Fonseca en San Isidro, la Medalla de Oro obtenida por el vino Pozo de Luna Syrah 2018 en el Concours Mondial de Bruxelles y los resultados de la Selección Mexicana de futbol durante la fase de grupos de la Copa del Mundo son —más allá de lo haya pasado en los siguientes días—, cada uno templado a su manera, tres naturales de una misma tanda: la que certifica que lo mexicano es capaz de encontrar la excelencia en escenarios globales que exigen más que entusiasmo.

La actuación del michoacano Isaac Fonseca en “el Mundial del Toreo” nos recordó algo que parecía olvidado, pero que de vez en cuando vuelve a escucharse dentro y fuera de nuestras fronteras: a pesar de estar inmerso en una de las peores crisis de sus 500 años de historia, México todavía puede producir toreros capaces de sostener el cante en el serial en donde el prestigio más amplio se consigue. 

En Bruselas, en donde se desarrolla “el Mundial del Vino”, el Pozo de Luna Syrah 2018 obtuvo la Medalla de Oro. Este es un certamen que prescinde de la influencia más comercial para descubrir a ciegas los que se volverán los nombres ilustres del año vinícola, en un sistema que se fija únicamente en lo que hay dentro de la copa. Y, de nuevo, independientemente de los resultados que se den luego, la Selección Mexicana concluyó la fase de grupos del Mundial con autoridad suficiente para que la conversación dejara de girar sólo en torno a sus posibilidades y comenzara a incluir sus méritos y fortalezas.

Considero uno de los rasgos que relaciona estos tres episodios, que les aporta peso y relevancia no sólo para los propios: los tres ocurrieron, en ciertos sentidos, en ámbitos ajenos. El torero comparece ante una afición que no comparte su nacionalidad, es un extranjero, un extraño muchas veces, incluso sucede que el ocupante del tendido no está habituado a nuestras maneras; el vino se presenta desnudo, ante un jurado que desconoce la etiqueta mientras cata y que no está siempre familiarizado con el terruño y el estilo particular del Altiplano mexicano. En el futbol las celebraciones nacionalistas se limitan a las filiaciones dentro de nuestro territorio (que es también Texas y California, y Georgia e Ilinois); en el escenario amplio las consideraciones se dan desde la percepción de los rivales, de una prensa y un público global a quienes resulta más o menos indiferente la intrahistoria del adversario. La algarabía doméstica estáimpregnada de afecto y muchas veces de desmesura; pero la evaluación amplia, a pesar de la localía, se dirime en otras latitudes, en realidad, en todas las otras latitudes.

La tauromaquia tiene en España su referencia inevitable; el gran vino continúa hablando, sobre todo, con acento francés; el futbol vive bajo la hegemonía de unas cuantas potencias; sin embargo, la tradición mexicana en los tres casos tampoco es nueva, quizás se mire como emergente —a pesar de que en periodos históricos haya superado a sus antecedentes y modelos—, pero lo importante es que estos recientes logros nos cuelgan de más y mejores carteles.

El toro, el vino y el fut habitan territorios en apariencia inconexos, sobre todo el balompié. Aún así los une una materia prima invisible: el tiempo. Tiempo para aprender un oficio, para formar una cepa y criar el vino, para consolidar un equipo. Ninguno de estos triunfos nació de la casualidad; todos son la cosecha de procesos largos que, de pronto, florecen al mismo tiempo.

Quizá por eso este trío de episodios posee un significado que rebasa sus respectivos ámbitos. Como afluentes que desembocan en un mismo cauce, terminan alimentando la identidad y una idea más amplia de país: la de un México que, cuando sustituye la improvisación por el trabajo y la paciencia, descubre que un sitio en la élite, allí donde compiten los mejores, es asequible.