El pasado sábado 2 de julio se cumplieron cuatro años del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la elección presidencial de 2018. En todo el país se llevaron a cabo eventos convocados por militantes y simpatizantes de Morena, así como de ciudadanos que se identifican con el ideario del movimiento obradorista que, de manera sucinta, se concentra en tres convicciones que, se considera, deben orientar el comportamiento de los ciudadanos en general, pero sobre todo de servidores públicos y representantes populares: no mentir, no robar, no traicionar. No es una tarea fácil, por supuesto, toda vez que las herencias malditas de gobiernos prianistas que descansaban el ejercicio del poder, precisamente, en todo lo contrario a lo que prescriben esos postulados, es una pesada carga de intereses sectarios que se resiste a dejar pasar el cambio.
No se debe perder de vista que el triunfo obradorista de 2018 fue el colofón de un largo proceso de acumulación de agravios al pueblo mexicano (lo que se conoce como las precondiciones) y que se pueden resumir en la persistente burla de la voluntad popular en el plano político-electoral, así como el abandono institucional de sectores mayoritarios de la población carentes de oportunidades (no clientelares) para superar condiciones materiales de vida que, en modo alguno, podían presumirse de mínimamente dignas. El precipitante del cambio fue el hartazgo de todo ese cúmulo de agravios que, parafraseando a Lenin, no llevan a los pueblos a optar por proyectos que auguren la felicidad “ipso facto”, sino por la simple irritabilidad de seguir padeciendo más de lo mismo y con los mismos de siempre.
La Cuarta Transformación llegó como un bálsamo, en el sentido antes apuntado, no solamente por la expectativa de que se tendría la posibilidad de experimentar un gobierno de izquierda progresista que, antes, se trató de desgastar por anticipado equiparándolo, así nomás, con otras experiencias del sub-continente latinoamericano. Pero el gobierno del presidente AMLO ha sido equilibrado, con indudable orientación social que no asusta a inversionistas de gran calado que, a pesar de todo, siguen apostando sus capitales en el país, pero ateniéndose a los dictados de una política económica que ha dejado en claro un reordenamiento, para que todos ganen lo que corresponde y no unos cuantos que se quieran llevar el oro y el moro por adelantado. Con todo y la inflación por factores externos, no se avizora una crisis grave de fin de sexenio.
Sin duda, una de las grandes definiciones dentro de la 4T, es la de incluir en la Constitución Mexicana el reconocimiento y garantía de programas sociales para grupo vulnerables, destacadamente la pensión universal para adultos mayores. Otras reformas se han intentado, como la eléctrica, pero los grupos de derecha en lo político, económico, cultural, se han juntado para lamerse las heridas y tratar de frenar, como sea, lo que consideran será el tiro de gracia a sus pretensiones de regresar al disfrute de las mieles del ejercicio de un poder del que abusaron tanto. Se podrían seguir señalando numerosos aspectos de lo que se ha planteado como una nueva forma de gobernar el país y que, por supuesto ha pisado callos, pero basta con mencionar que la aprobación popular al mandato de AMLO es de amplio respaldo.
Nomás para finalizar la referencia a esta fecha tan emblemática del cambio, habría que adelantar que una nueva embestida se ha tratado de lanzar por la derecha, pretendiendo confrontar al gobierno mexicano con las Iglesias, a partir de un señalamiento sobre el olvido conveniente de sectores elitistas de corporaciones religiosas con respecto a hechos vergonzosos del pasado que, bien sabido y experimentado, es parte de una historia que aquí y en otros lados, no puede tener soslayo. Pero con todo y eso, no parece que las cosas vayan a ir más allá del ruido mediático.