Antes era más fácil hacer el ridículo. Se necesitaba una muy mala suerte para que alguien tuviese a la mano algún aparato que grabara y dejara constancia por toda la eternidad de aquello que nos avergüenza.
El otro día viajé en autobús. El trayecto eran unos cinco horas de punto a punto. A mi lado, cruzando un angosto pasillo, estaba una chica que no llegaba a los treinta años. Una vez que nos dirigimos los saludos de cortesía, se sumergió entre los audífonos a tratar de ver películas. Aparentemente nada captó su atención, pues cambió de aparato y en unos minutos estaba conectada, pero ahora a su celular. Por mi parte, yo sí encontré en qué pasar el tiempo, así que me dispuse a ver un par de películas en lo que regresaba a San Luis. Casi al final de la primera película, me distraje cuando mi compañera de autobús, se perdió en un ataque de risa. Volteé a verla y ahí estaba ella, con sus audífonos, mirada fija al celular, viendo una serie de videos sobre cosas chuscas: gente que se caía en la calle, que se pegaba contra la pared, que por estar viendo el celular se caían en fuentes públicas. Yo, que todavía veo bien de lejos (de cerca es otra cosa), me quedé por unos instantes sumergida en su pantalla. Volví a mi propia imagen para terminar de ver la película. De cuándo en cuando mi compañera de viaje soltaba sinceras carcajadas mientras seguía viendo videos chuscos. Terminé mi película y ella seguía en lo suyo, solo que ahora veía a gente haciendo el ridículo: cantando bastante mal pero creyendo hacerlo bien, bailando ridículamente, y otros videos en donde personas, mayoritariamente hombres, eran dejados plantados por sus novias, o recibían algún tipo de golpe por parte de sus parejas, quizá por haberlos cachado en algo. Estos últimos parecían divertir especialmente a la chica.
Francamente, el viajecito hubiera pasado completamente desapercibido si no fuera porque llegó a mi (y posiblemente a ustedes también), un video en donde claramente se distinguen las instalaciones de la Feria Nacional Potosina, inaugurada hace unos días, y alguien grabó a un joven hincado frente a una chava, que lleva de la mano a un niño (que no se distingue en un principio) en lo que parece ser una petición de mano. Pero luego, la chica algo explica que no logra entenderse, da la vuelta y se va, dejando al hombre hincado en medio de la Fenapo. Es el tipo de videos que vería mi compañera de autobús.
Vayan ustedes a saber si le dijeron que “no” con o sin razón. Francamente, es lo de menos. Lo interesante está al momento de revisar los comentarios a la grabación, y leer las reacciones frente a un hecho que quedó ahí para reproducirse una y otra vez. A juzgar por la cara de ambos protagonistas, ninguno se la pasó bien en el momento y dudo que ayude en algo que su imagen se reproduzca por cientos de desconocidos una y otra vez. Quien sabe qué historia habrá detrás de lo que aparentemente fue una fallida pedida de matrimonio; porque en realidad, ni siquiera estamos seguros que lo fuera. Quizá era una petición de perdón o nomás el cuate se hincó por gusto. Lo cierto es que no sabemos.
Sin embargo, ahora cualquiera nos sentimos con el derecho de grabar lo que sea que vemos, nada más por el hecho de poder hacerlo, porque tenemos a la mano aparatos que pueden archivar imágenes y sonidos. ¿Quién nos dio el derecho de grabar a los desconocidos? ¿Por qué nos sentimos con el derecho de difundir al instante cualquier cosa que captamos, por el simple hecho de poder hacerlo? ¿En qué momento nos ponemos a pensar lo que podemos causar a los involuntarios protagonistas de nuestras tomas? ¿Nos detenemos algunos minutos a sopesar que esas personas tienen derecho a la intimidad de un momento doloroso? ¿Por qué ni siquiera importa que haya infantes en las imágenes que nos parecen atrayentes para grabar? ¿Reparamos a pensar que la intimidad de cualquiera es importante, pero que es mucho más delicada la de un menor?
¡Que insensibles nos hemos vuelto los que grabamos sin reflexionar, y que vulnerables somos los que hemos sido grabados!. Terriblemente, todos navegamos entre los papeles simultáneos de víctimas y victimarios, dependiendo si tenemos el celular en la bolsa o en la mano. Cambiamos de rol con la misma facilidad que el Dr. Jenkill y Mr.Hyde. Nos estamos volviendo expertos en trivializar la vida de los otros, para volverlos nuestro entretenimiento.
No se que historia haya detrás de esa fallida imagen del hombre en solitario hincado en la feria, ni de aquella chica y aquél niño caminando en dirección contraria. Pero si sé que a ellos no se les va a olvidar que cientos de desconocidos pensaron tener derecho a recordárselos, nada mas porque tenían un celular en la mano.