La terrible violencia de cada día, el trágico derramamiento de sangre que sigue en aumento y que agobia al país entero, la dura carestía que empieza a disolver el salario de muchos millones de familias, la corrupción que, contra lo que afirma el presidente, está presente y en aumento; hoy México ocupa el lugar 135 entre los 139 países en la escala mundial de corrupción, el número creciente de muertes evitables por falta de la presencia de la autoridad, por ejemplo, los crecientes accidentes de carretera, los efectos mortíferos de una pandemia mal manejada y la actitud agresiva de un presidente de la república que amenaza a muchos grupos de la sociedad, son parte, solo una parte, de las razones que debieran obligarlo a medir su injustificado regocijo, sus palabras de autocomplacencia real o simulada por llegar a su cuarto año de gobierno.
Me parece del todo inútil, ocioso, discutir la cifra de asistentes al mítin organizado por el presiden te esta semana para celebrar su llegada a la mitad de sexenio. Lo importante es saber cuál es el resultado verdadero de estos tres años de su gobierno, en los que por encima de su triunfalismo y su autocomplacencia, están los datos duros de este periodo en el que se ha incrementado en 6 millones el número de pobres, se ha reducido notablemente la clase media, (INEGI), se ha socavado la confianza y la cohesión de la sociedad mexicana con un discurso permanente de agresividad y descalificación que la divide, la confronta y crea un ambiente de desconfianza y temor para las nuevas inversiones que el país necesita con urgencia.
Con motivo del tercer año de su gobierno, el presidente celebró en el Zòcalo de la capital del país el pasado miércoles 1º, un mitin en el que, se presentaron artistas y grupos musicales para entre tener a los presentes, mientras llegaba el “homenajeado” a hacer un discurso autocomplaciente, seguido del aplauso de sus seguidores agradecidos por las dádivas presidenciales y en el que según esto, “se han sentado las bases de su proyecto de transformación y se ha logrado cambiar la mentalidad de las personas”.
El gobernante sigue las viciadas prácticas del partido hegemónico del siglo pasado, como la del masivo acarreo de personas en cientos de autobuses pagados con nuestros impuestos, estacionados en las cercanías de la plaza mayor de la Ciudad de Mèxico, que no tuvieron otra explicación que la de ser trasportadas desde lugares distantes, para aplaudir a un presidente que cada mes utiliza sin pudor político el erario público (miles de millones de pesos), para obtener su apoyo, en épocas electorales.
Porque no es posible pretender ignorar que la popularidad del presidente que algunos estiman en algo más del 60%, nivel muy aproximado al que tuvieron en ese mismo tiempo de su respectivo sexenio, algunos de sus antecesores, como Salinas, Fox o Calderón, està asociada indudablemente a sus “programas sociales”, que básicamente, consisten en la entrega de dinero en efectivo a una parte de la población mexicana, que, por cierto, según estudios de algunos analistas, no les està llegando a muchos de los màs pobres del país y sí en cambio, a amplios sectores que en realidad no lo necesitan. Tampoco puede celebrar nadie, que sus llamados “programas sociales”, están fuera del alcance de las auditorías que permitan verificar la debida y correcta entrega del erario público a los ciudadanos beneficiados ni la simulación de entregas, porque no existe un padrón que pueda ser revisado y auditado conforme a los más elementales principios de una honrada administración pública.
“En tres años ha cambiado como nunca la mentalidad del pueblo, que eso es lo más importante de todo, la revolución de las conciencias, el cambio de mentalidad, eso es lo más cercano a lo esencial, a lo mero principal y es lo más cercano a lo irreversible. Pueden darle marcha atrás a lo material, pero no van a poder cambiar la conciencia que en este tiempo ha tomado el pueblo de México”. Celebró que “pese a las adversidades, seguimos avanzando en la transformación de la vida pública de México”.
Desde aquí decimos al presidente que la conciencia de la gente, no se transforma ni se compra con dádivas gubernamentales. La conciencia de la gente evoluciona con la educación, con conocimiento y con el ejemplo de valores y principios éticos sólidos y aplicados cabalmente en las acciones de quienes gobiernan y de quienes tienen alguna representación de la sociedad, como pueden ser los padres de familia, los maestros, los dirigentes de empresas. Las dádivas corrompen la conciencia cívica de la gente, porque no son obtenidas con su esfuerzo propio.
Ningún gobernante puede transformar la conciencia de los ciudadanos, si no demuestra claramente congruencia entre lo que dice y lo que hace. Y este gobernante no ha sido congruente con todo lo que prometió en campaña, mientras buscaba la presidencia del país: Crecer la economía al 6% anual, devolver el ejército a los cuarteles, acabar con la corrupción, reducir o eliminar la violencia y la inseguridad.
En su lugar, la violencia ha aumentado, la inflación que es lo que más lastima la economía de la gente, especialmente de los más pobres, va para arriba. Ha entregado grandes áreas de la responsabilidad que no le corresponde al ejército y ha aumentado el gasto público y la Deuda pública, entre otros “logros”.
Al inicio de su cuarto año de gobierno, evidentemente, no hay nada que celebrar. Al contrario, este gobierno amenaza nuestras libertades y nuestros derechos a estar informados y a ejercer la crítica, como lo hicimos con los presidentes anteriores. Finalmente le preguntamos al gobernante: ¿Por qué nunca critica al gobierno corrupto de Peña Nieto? ¿Por qué guarda silencio ante el gobierno de EUA por la detención del general Cienfuegos, cuando prometió informar a los mexicanos sobre su arresto?
alr020637@gmail.com